El Mesón del Herradero

 

El Mesón del Herradero

Un legado inolvidable

Hoy, quiero invitarlos a recorrer parte de la historia de nuestra ciudad, regresando a sus inicios para hablar del primer salón social de Villa Constitución, El Mesón del Herradero, y del primer grupo musical foráneo que llegó en aquellos años a nuestra comunidad, Los Marvels.

Esta historia se remonta a los años sesenta. En esa época, el mundo estaba marcado por vientos de cambios y libertades que convirtieron esa década en un símbolo de la juventud y la emancipación femenina. El movimiento gay ganó independencia, mientras que una nueva sensibilidad sobre temas como el amor, la familia, los valores, el sexo y la moda, incluyendo la icónica minifalda, comenzó a difundirse, influenciada por la juventud de Kennedy, la música de The Beatles y los tumultuosos eventos de la guerra de Vietnam.

Estos cambios llegarían un poco tarde a Villa Constitución, una comunidad emergente cuya sociedad comenzaba a tomar forma y a organizarse para tener una mayor participación en las decisiones y eventos locales y territoriales.

La fundación de la secundaria Flores Magón en 1961 y la Academia Comercial del Colegio Sor Juana Inés de la Cruz en 1964 marcaron hitos en el desarrollo educativo de Villa Constitución. Los jóvenes, ahora parte de estas instituciones educativas, comenzaron a reclamar un espacio dentro de la sociedad. Surgieron lugares de esparcimiento para ellos, al principio muy simples, como la venta de raspados y golosinas, y posteriormente más estructurados, como la nevería La Tropical, con mesas, sillas e incluso una rockola que llenaba el ambiente con la música de la época.

En ese mismo tenor, en 1966, surgió el primer grupo de rock local, los Vicon’s Boy, compuesto por jóvenes estudiantes de secundaria. Aunque el grupo no perduró mucho debido a que sus integrantes tuvieron que emigrar para continuar con sus estudios, fue la semilla que germinó y dio lugar a la formación de otros grupos, como los Jimmy’s, en Insurgentes.

En este contexto, llegó a Villa Constitución el primer grupo foráneo de música, Los Rancheritos del Valle, integrado por los hermanos Escobedo Luévano. Eliseo Escobedo, quien formó parte de este proyecto musical y ahora reside en Los Cabos, recuerda con nostalgia aquellos días:

 

Mi hermano Isaías Escobedo, conocido como el Güero Aventado, hizo historia con su grupo Los Rancheritos del Valle, que llegaron a finales de los sesenta, alrededor del 68 o 69. Tocábamos en la feria, en una época en la que no había muchos grupos musicales en el Valle. Recuerdo los Vicon’s y la orquesta Stars de Juan López Sierra y don Hipólito Zavala. Al no haber tantos grupos, mis hermanos decidieron cambiar el nombre del grupo a Los Psicodélicos, y más tarde, cuando me uní a ellos a principios de los setenta, nos convertimos en Los Fulanos.

Los Rancheritos tocaban el acordeón, el saxofón y el bajo sexto. Cuando se transformaron en Los Psicodélicos, incorporaron el bajo, una guitarra eléctrica, un órgano y una trompeta. Durante años, El Mesón del Herradero fue nuestro hogar musical, donde tuvimos el privilegio de traer a artistas de renombre nacional e internacional como Los Fredys, Irma Serrano, el Piporro y Chelelo. Ahí seguimos hasta que conocimos a Aurelio Tapia, hermano mayor de José Luis, integrantes originales de Los Fredys, fue cuando hicimos el cambio de nombre, de Los Rancheritos a Los Psicodélicos y luego a Los Fulanos.

Los Rancheritos eran tololoche (bajo sexto), acordeón y saxofón. Cuando se transformaron en Los Psicodélicos incluyeron el bajo, una guitarra eléctrica tocada por un guitarrista de Juárez, un órgano y una trompeta.

 

El Mesón del Herradero

 

A principios de la década de los sesenta, en el corazón de Villa Constitución, surgió un símbolo que perduraría en la memoria colectiva: El Mesón del Herradero. Originalmente concebido como un lienzo charro, propiedad del ingeniero Armando Covarrubias, este recinto pronto se convirtió en mucho más que un espacio para la práctica de la charrería y los toros.

Con el paso del tiempo, el Mesón del Herradero se transformó en un epicentro cultural y social, adaptándose a las cambiantes demandas de la comunidad. Su metamorfosis fue evidente cuando adoptó el nombre de Arena Olímpica, acogiendo eventos de boxeo y lucha libre que emocionaban a los aficionados ávidos de entretenimiento.

Sin embargo, su destino no se detuvo ahí. Con el afán de satisfacer las necesidades de una población joven en constante búsqueda de diversión, El Mesón del Herradero fue renovado una vez más. Bajo un nuevo techo, emergió como un elegante salón social, donde los bailes y los eventos privados se convirtieron en el latido seductor de la noche.

Para aquellos que vivieron su esplendor en la década de los setenta, El Mesón del Herradero representa mucho más que un simple recinto. Es el epicentro de innumerables recuerdos, el punto de encuentro de generaciones enteras que encontraron en sus paredes el refugio de la alegría y la camaradería.

 

Mientras Eliseo Escobedo nos sumerge en su charla, los recuerdos se agolpan en la mente de quienes alguna vez pisamos aquel recinto. Aquellas noches de música en vivo, risas compartidas y amistades duraderas son el legado imperecedero de El Mesón del Herradero.

Sus paredes pueden haber sido testigos del paso del tiempo, pero su espíritu sigue vivo en los corazones de todos aquellos que tuvimos el privilegio de vivir la magia de aquellos años dorados.

 


Eliseo Escobedo continúa con su charla:

 

En 1970, mis hermanos entraron a El Mesón del Herradero, donde duraron varios años. En el 78 todavía estábamos ahí. Manuel tocaba los teclados y el acordeón, y un servidor, Eliseo Escobedo, era el guitarrista. Luego nos trajimos un baterista de Torreón, Fernando Martínez, papá de Hilda Martínez, periodista. Después, un miembro de los Wanders se casó con una hermana de ellos y también entró al grupo.

Empezamos a tocar lo que ningún otro grupo hacía; éramos un show. Tocábamos norteño, rock and roll, y propagamos la onda del rock. Alternamos con muchos grupos; es casi imposible decirte todos. En aquellos años, ya se aventaban a venir Los Moonlight, Los Zorros de Mexicali, Los Apson, Los Fredys (tocaron como tres o cuatro veces), también trabajó con nosotros mi primo Tino Escobedo. Fuimos padrinos de la XEVSD en diciembre de 1970 y alternamos con Los Impala, Los Tecolines, el mariachi Gavilancillos y la Jesusita de Sinaloa.

Grabamos “Preciosa morena” de mi autoría con Discos Tambora y “Lámpara sin luz”, dos discos sencillos, y como seis en la marca de los hermanos Tapia de Los Fredys. También grabamos dos sencillos para Perla Musical.

Para ello pedí al Gobierno del Estado las cueras para vestirnos con ellas y esa fuera la portada. Fuimos el primer grupo en portar esta vestimenta y nos íbamos a olvidar del rock e íbamos a entrar en la onda Tec-Mex.

Don Pedro Valencia era un promotor de artistas que se quedó a radicar en Insurgentes y él nos llevó a Tito Guízar Recuerdo muchas anécdotas que vivimos, como la Prieta Linda, con Marco Antonio Vázquez.

Cambiamos de nombre porque Tapia, el director musical de Los Fredys, decía que Los Marvels era un nombre muy elitista; inclusive muchas personas no lo pronunciaban. Entonces buscando se encontró el nombre de Los Fulanos. El nombre “Marvels” surgió cuando Gustavo Gutiérrez, que era locutor y gerente de la HZ sugirió que se llamara Marlins, por el anacronismo de mar y velero. El señor Aréchiga tenía una editorial que se llamaba Velera, donde publicaba libros y tenía una disquera donde grababan los Hermanos Flores, las Hermanitas Flores; se llamaba Marlins y se formó la palabra Marvel. Esto fue para grabar para el señor Aréchiga.

Los Jueves Sociales

Los jueves sociales fueron un fenómeno en su época, y El Mesón del Herradero, gracias al grupo Marvel’s, se convirtió en el lugar preferido de las familias de clase media. En el corazón de la ciudad, durante los aires cambiantes de los años setenta, este establecimiento se convirtió en el epicentro de la vida social y cultural, más que un simple lugar, era un hogar para una comunidad que buscaba escapar de la rutina diaria y sumergirse en un mundo de encuentros, risas y amistad.

Los Jueves Sociales, como se les conocía, eran el punto culminante de la semana para muchos. Desde temprano, El Mesón del Herradero cobraba vida con la emoción palpable que flotaba en el aire. Las mesas se llenaban con rostros conocidos y risas familiares, mientras la música envolvía el ambiente en una atmósfera de alegría contagiosa.

Las conversaciones fluían como el vino, mezclándose con el aroma tentador de la comida que se servía generosamente. Era un festín para los sentidos. Pero más allá de la comida y la bebida, los Jueves Sociales eran una celebración de la comunidad. Aquí, las diferencias se disipaban y las conexiones se fortalecían. Era un lugar donde las historias se entrelazaban, donde los sueños se compartían y donde la magia de la amistad se manifestaba en cada risa compartida.

Rosalío García Cervantes, el arquitecto de esta maravillosa utopía social, observaba con orgullo cómo su creación cobraba vida semana tras semana. Para él, El Mesón del Herradero era un legado, un testimonio del poder de la comunidad para unirse en tiempos de alegría y en tiempos de necesidad.

Aunque los años han pasado y los tiempos han cambiado, el espíritu de los Jueves Sociales vive eternamente en la memoria colectiva de aquellos que tuvieron el privilegio de ser parte de ellos.

En resumen, fue Rosalío García Cervantes fue quien con su visión infundió vida a El Mesón del Herradero y con la ayuda del grupo Marvel’s, este santuario de la camaradería floreció, convirtiéndose en un refugio para las familias de esa época., destacando en particular un día: los jueves, que alcanzaron su auge en los setenta y siguen siendo recordados como los Jueves Sociales.

De esto nos habla Rosalío García Cervantes, su creador:

 

Yo llegué aquí en 1970 y me tocó una etapa del grupo. Nos hicimos conocidos y empecé a frecuentarlos. Al verlos en su negocio y con la novedad de El Mesón del Herradero que lo tenían rentado en esos tiempos, trataban de abrirse camino en el aspecto musical, en el aspecto económico y en todos los demás porque trataban de levantar ese lugar, hacerlo popular y que tuviera bastante arraigo en la gente, y hacerlo muy famoso; por consiguiente decían ellos: “si hacemos famoso El Mesón del Herradero, nos vamos a hacer famosos nosotros”.

Resulta que en El Mesón del Herradero no había ningún atractivo más que la música del grupo, pero como que hacía falta algo para levantar ese negocio, para darle popularidad. Yo les propuse que por qué no hacían una especie de programas que le interesaran a la gente, algo más que pura música, que pura bailadera. Por ejemplo, concursos de aficionados, concursos de otras cosas, metiendo jueguitos de salón, cosas novedosas, cosas que aquí la gente no había visto. Y entonces empezó El Mesón del Herradero a manejar la idea, la maduraron, me propusieron y lo acomodamos de tal manera que empezamos con programa de aficionados invitando a todo el pueblo a que participara.

Se designó un día: los sábados y domingos estaban concurridos por gente muy connotada, pero entre semana estaba solo; poca gente asistía. Era un salón que tenía su prestigio; inclusive lo visitaban mucho los rotarios en aquellos años. A veces entre semana tenían un poco de clientela, de esa gente que llevaba a su familia a cenar; iba el señor Garza, los Guillén, los Covarrubias, toda la gente de aquellos tiempos iba y se tomaban la copita en el muy bien acondicionado y muy típico bar de El Mesón. Luego pasaban al salón y pedían su cena y cenaban. Pero no era muy concurrido; el pueblo era muy chico y ello no les bastaba para sobrevivir. Entonces dijeron: “vamos a cambiar de tal manera que entre semana hagamos un día muy popular para que venga la gente”. Y entonces cambiamos la táctica y dijimos: “vamos a hacer un programita de aficionados pero entre semana”, y lo cambiamos a un jueves. Le llamamos los Jueves Sociales.

Y tuvo tanto éxito con el paso del tiempo, con el paso de los años, que era insuficiente el salón; ya no cabía la gente los jueves y se llenaba, de bote en bote, como se dice vulgarmente. Concurría mucha gente; les iba muy bien económicamente; había buenas ventas de cerveza y licor y la gente iba y bailaba. Y el pueblo en aquellos tiempos era mucho más tranquilo, mucho más de lo que lo es ahora; todo mundo se dedicaba a bailar, a oír música y era muy bonito; se hizo famoso como los Jueves Sociales de El Mesón del Herradero.

Los años setenta fueron una década de transformación vertiginosa para Ciudad Constitución, que se convirtió en la próspera cabecera del municipio de Comondú. Durante este tiempo, el comercio florecía y la industria algodonera crecía con ímpetu. En el idílico Valle de Santo Domingo, la vida alcanzaba su plenitud, con un constante flujo de personas que llegaban para trabajar en los campos de algodón, infundiendo vitalidad a la economía regional y generando una constante demanda de bienes y servicios.

Los domingos, la Plaza Zaragoza se transformaba en un bullicioso carnaval, donde familias enteras abarrotaban los comercios locales y los habitantes de los ranchos convergían en el corazón de la ciudad para realizar sus compras de ropa, alimentos y todo lo necesario para la vida diaria. Este escenario vibrante estaba impregnado de la esencia de una comunidad unida.

Sin embargo, la falta de instalaciones adecuadas para eventos sociales era evidente. Los bailes populares tenían lugar en las plazas o en las canchas de las escuelas, mientras que las celebraciones privadas se llevaban a cabo en los hogares particulares. Aunque esta realidad era común en comunidades más pequeñas, resultaba inusual para una ciudad con quince mil habitantes.

Para satisfacer la creciente demanda de lugares de entretenimiento, surgieron improvisados centros de diversión que aprovechaban instalaciones diseñadas originalmente para otros fines. Aunque ninguno de estos recintos fue construido específicamente para tal propósito, lograron capturar la atención del público y llenar un vacío en la vida social de la juventud comundeña de aquel tiempo.

Los años setenta marcaron el inicio del auge musical en la región, impulsado por diversos factores significativos como la inauguración de la radio local XEVSD en 1970 y el notable crecimiento demográfico. La población creció hasta alcanzar los veinticinco mil habitantes, propiciando que Constitución ascendiera de villa a ciudad para luego convertirse en cabecera municipal.

Durante este período, los conjuntos musicales proliferaban, ya que cualquier ciudadano podía costear sus actuaciones. Además, se sucedía un desfile constante de grupos nacionales e internacionales que encontraban en la región un escenario propicio para cautivar al público. Si bien la música de los sesenta aún resonaba en el ambiente, los setenta vieron el ascenso de la balada moderna y la música ranchera, desplazando gradualmente al rock que había dominado la escena anteriormente.

El auge económico impulsado por la industria algodonera y la inclusión de esta plaza en las giras de grupos musicales de renombre nacional e internacional fueron catalizadores de esta efervescencia cultural. Pérez Prado, Los Apson, Los Moonlight, Los Babys, Los Zorros, Los Muecas, Los Tigres del Norte, Nelson Ned, El Pirulí, Los Bukis, Los Potros, Los Freddys, Los Dugs Dugs y otros artistas consagrados dejaron su huella en esta tierra, brindando inolvidables espectáculos que perduran en la memoria colectiva.

La moda y la música impregnaban cada rincón, tanto en los comercios como en las ondas radiofónicas. Fue la época del poliéster y el terciopelo, de los pantalones acampanados, las camisas entalladas y las chamarras de piel; del cabello largo, los vestidos cortos, las pelucas y los postizos, de los colores que irradiaban vida y energía.

Ir al salón de belleza para prepararse con esmero antes de un baile era una costumbre arraigada, donde tanto mujeres como hombres lucían atuendos elegantes y sofisticados. Los vestidos largos adornaban a las damas, mientras que los hombres destacaban con grandes moños-corbatines y holanes en las mangas, al más puro estilo Pérez Prado.

Estos recuerdos de una época dorada evocan imagenes que perduran en el corazón de quienes vivimos aquellos días de esplendor y efervescencia cultural en Ciudad Constitución.

Los años setenta representaron para nosotros una era mágica, envuelta en la nostalgia de tiempos pasados. A pesar de las escaseces y las limitaciones que caracterizaban aquellos días, encontramos la plenitud en cada momento vivido. Cada época tiene su encanto único y sus desafíos inherentes, pero los setenta se alzan en nuestra memoria como un tiempo de inocencia y gozo sin igual. Ser joven en aquel entonces significaba saborear la vida con avidez, sin importar si lo que teníamos era poco o mucho. Recuerdos de aquellas tardes nostálgicas cuando contemplábamos la luz dorada del atardecer y la música que llenaba el aire y los corazones. Los bailes desenfadados, las risas contagiosas; todo envuelto en una atmósfera de libertad y camaradería. Y sí, para algunos, unas cuantas cervezas añadían un toque de alegría a nuestras reuniones.

Tiempo que recordamos con melancolía; la sencillez de aquellos días cuando los problemas parecían más lejanos y la vida se deslizaba al compás de la música y de los amigos. Los setenta fueron una época dorada llena de energía y momentos que se han convertido en un preciado tesoro en el cofre de nuestra memoria.

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