El
proceso de colonización del Valle de Santo Domingo, iniciado en 1949, ha
vivido, en estos poco más de setenta años, diversos ciclos políticos,
económicos y sociales que han dejado una profunda huella en sus habitantes.
Al ciclo
algodonero, que abarcó de 1953 a 1995, todavía se le extraña. Bien se sabe de
los grandes beneficios que dejó para casi toda la región, pues fue la gran
oportunidad de trabajar y obtener ingresos generosos que a muchos les permitieron
hacerse de un buen carro, de una casa, de ropa y, en fin, de todo lo necesario
para vivir con decoro e incluso darse el lujo de viajar.
Otros
ciclos, que aún no terminan, son los del cultivo del trigo, el garbanzo, el
sorgo, el cártamo, la naranja, las hortalizas, la papa, la alfalfa y el
espárrago. En todos ellos, además de los propios productores, los camiones han
sido una herramienta indispensable de trabajo: los rabones, los Torton —los
famosos “camiones de diez ruedas”— y los tráileres, que han movido,
incansables, las cosechas y la riqueza de esta tierra.
De
aquella inmensidad de camiones de los primeros años de la colonización —la
mayoría rabones o de un solo eje trasero, con plataformas de 16, 18 o 20 pies,
o tal vez más—, de marcas como Chevrolet, Ford, International, Dodge y otras,
quedan ya muy pocos. En un censo levantado por el capitán Enrique Aguilar
Morales, entonces delegado municipal, en noviembre de 1962, se documentaban
trescientos camiones, cien pick up y cien automóviles. Aquellas cifras dan
cuenta de la importancia de este medio en la vida cotidiana de los
agricultores.
Los
camiones de los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta son ya historia. Su
alto consumo de gasolina, su limitada capacidad de carga y la llegada de modelos
más recientes, más grandes, potentes y con motores diésel los dejaron
desfasados.
A muchos
de nosotros todavía nos tocó verlos recorrer los caminos, y luego las
carreteras, llevando y trayendo la producción del valle, los insumos necesarios
para la subsistencia de los habitantes de la región e incluso a las personas,
pues no había otra manera de trasladarse de un lugar a otro si no era en camión
de carga.
Verlos
primero sobre la terracería y luego en el asfalto era cosa de todos los días.
Cuando no existían despepitadoras en la región, transportaban el algodón en
greña hasta La Paz, donde se entregaba a la empresa INALAPA. Más tarde, cuando
ya se maquilaban las pacas aquí, las llevaban a la capital para su embarque, y
finalmente, cuando se abrió el puerto de San Carlos, aquel sería su destino.
Durante
la mejor época del trigo, las cosas no fueron diferentes. El grano se embolsaba
en costales directamente desde la trilladora y se llevaba también a La Paz para
ser embarcado, hasta que llegaron equipos más sofisticados y se vertía directo
en los camiones que seguían la misma ruta.
Al igual
que el algodón, a principios de los setenta su destino final sería el puerto de
San Carlos, desde donde partían hacia distintos puntos del país y del
extranjero.
En los
años cincuenta, sesenta y aun en los setenta, era común ver a los rabones
“partiendo plaza” en los ranchos, en las brechas, en la ciudad y en la
carretera. Pero ahora ya son reliquias, son historia. Y aunque todavía quedan
algunos por ahí, circulando a paso lento —como si estuvieran reumáticos—, la mayoría
yace inmóvil, estacionados, viendo pasar el tiempo, recordándonos viejas
glorias y esperando su destino final: el fierro viejo, donde acabarán sus
restos de acero y recuerdos.
Cuántas
historias y anécdotas habrán quedado encerradas en esas cabinas. Busqué a
choferes de aquella época y me dicen que ya no hay, que el tiempo se los ha
llevado. Solo quedan los hijos, que, con la misma emoción, narran las hazañas
de sus padres al volante de aquellos camiones, aunque la mayoría eran muy
jóvenes o apenas unos niños cuando los vieron rodar.
Es bien
sabido el amor de los hombres por las máquinas —ya sean aquellas que vuelan,
navegan o ruedan sobre la tierra—. Es una simbiosis indisoluble, válgame la
expresión. Así vivieron el camión y su chofer en este valle: uno pendiente del
otro, inseparables. Los cuidaban y los consentían: sus luces abundantes, sus
vistas niqueladas, sus copas adaptadas, la visera con algún nombre pintado, las
enormes trompetas del claxon, los grandes espejos, las antenas curiosas, las
polveras brillantes... En fin, llenos de adornos y detalles que los hacían
únicos, inconfundibles, orgullosamente suyos.
Pero todo
eso se lo llevó el tiempo. Envejecieron los camiones, y también sus dueños. La
luz que los hacía brillar se fue apagando poco a poco, hasta quedar apenas en
el recuerdo de quienes los vieron pasar.
Como un
merecido homenaje y despedida a quienes fueron pieza fundamental de aquellos
años, herramienta de trabajo y símbolo de una época, solo me resta repetir una
frase con la que se despide a las figuras legendarias:
¡Hasta
pronto, vaquero!

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