La guitarra que despierta el tiempo

 

Por José Antonio Márquez Castro

A veces basta la imagen de un objeto para abrir una puerta que creíamos clausurada. No importa cuál sea: puede ser pequeño, cotidiano, casi insignificante. Sin embargo, ahí está, devolviéndonos de golpe a un rincón de la memoria donde el tiempo parecía dormido, esperando el momento justo para volver a sonar.

Queriendo aprender a tocar guitarra, me encontré un día, casi por casualidad, con una guitarra eléctrica. No pensaba comprarla. Ya tenía una acústica, suficiente —me decía— para mis propósitos. Pero la sola imagen de aquel instrumento encendió algo antiguo en mí: me regresó a los años de estudiante, cuando el rock marcaba el pulso de la juventud y los grupos musicales comenzaban a escribir su propia historia en México.


Me quedé con ella. No por necesidad, sino por memoria. Porque hay músicas que se instalan para siempre en la adolescencia, como una cicatriz invisible. Y no es solo la imagen lo que llama, sino el sonido. Ese sonido que jala, que atrapa, que despierta. Basta escuchar los primeros acordes de “Popotitos” para que el cuerpo recuerde antes que la razón: una canción compartida por generaciones, viva aún, inmune al paso del tiempo.

Hay muchas melodías que alcanzan su plenitud cuando pasan por las cuerdas del bajo o del requinto. Cada nota parece tener un lugar reservado en la historia personal de quien la escucha.

Mi infancia, adolescencia y juventud transcurrieron entre los años cincuenta y sesenta, una época que se queda tatuada para siempre. En La Paz no había televisión; esa ventana al mundo llegaría hasta finales de los sesenta. Antes, el cine y la radio eran los mensajeros del ritmo, y por ellos nos llegaban las canciones de moda: el rock and roll, los solistas surgidos de aquellos grupos emblemáticos, algo de música ranchera, boleros entrañable y canciones en inglés que aprendíamos a sentir antes de entender.

Fue en el último año de la Secundaria Morelos cuando conocí al primer grupo de rock: Los Wanders, jóvenes locales que hacían vibrar algo nuevo. Poco después llegaron desde Ensenada Los Majestic, y con ellos comenzó una ola musical que fue desplazando lentamente a las orquestas que hasta entonces dominaban el ambiente sonoro de la ciudad.

Más tarde, el internado de la Normal amplió ese universo. Compañeros llegados de distintos lugares, distintos temperamentos, pero con idéntico latido musical, llenaban los ratos libres y los fines de semana con guitarras y voces. Algunos tocaban, otros cantaban, y todos compartíamos esa música que no se queda en la cabeza, sino que corre por la sangre, porque algo dentro de uno se activa cuando vuelve a escucharla.

En los años setenta, ya en Ciudad Constitución, mi paso por la radio como operador de cabina en la XEVSD me acercó aún más a ese mundo. Todavía sonaban rondallas, estudiantinas y tríos; melodías que hoy han sido borradas de la programación, sustituidas por los gustos cambiantes de las nuevas generaciones.

De aquellos años fui reuniendo un inventario sentimental de canciones: la música disco que marcó una época y las baladas inolvidables de grupos como ABBA, The Beatles, Bee Gees, Creedence… nombres que siguen sonando como estaciones fijas en el mapa de la memoria.

Cada vez que miro esa guitarra eléctrica, mi mente viaja sin pedir permiso. Me devuelve a esos años en los que desfilaron tantos músicos y solistas, mexicanos y extranjeros, muchos de los cuales tuve la fortuna de ver en vivo, aquí mismo, en el valle.

Fueron los tiempos del Mesón del Herradero, de La Terraza Jardín y del Salón 64; pero también de la Plazas Zaragoza y la Emiliano Zapata, en Pueblo Nuevo. Lugares que no solo eran escenarios, sino puntos de encuentro donde la música, los artistas y el público se reconocían mutuamente.

Era común asistir a las caravanas artísticas que llegaban a estas plazas: Los Apson, Los Moonlights, Los Terrícolas, Leo Dan y tantos otros. Artistas cercanos entonces, hoy casi inalcanzables, no por distancia, sino por precio.

Pero la música verdadera no envejece. Trasciende el tiempo y permanece viva, tanto en quienes la vivimos como en quienes la descubren después. Por eso no sorprende escuchar canciones de los sesenta y setenta en gimnasios, restaurantes, bares y espacios públicos: siguen ahí, confirmando que hay melodías que jamás pasarán de moda.

Todo esto volvió a mí gracias a mi guitarra Samick. Compañera silenciosa desde hace muchos años, permanece a un lado de mi lugar favorito, como un testigo fiel del tiempo vivido, recordándome que algunas cuerdas, cuando vibran, también saben contar historias.

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