La Casa Amarilla

 

La Casa Amarilla es más que un edificio funcional o un centro cultural: es el corazón mismo de esta joven ciudad, porque ahí comenzó a escribirse la historia de este pueblo. De ahí su relevancia para quienes vivimos aquí.

En sus inicios, este edificio —la primera construcción de material en El Crucero— fue proyectado como un campamento para el mantenimiento de la carretera y resguardo de la maquinaria utilizada en ella. Su construcción comenzó en 1952, en el kilómetro 211, justo donde se encontraba la “Cañada de los Romerillos”, por donde pasaba el antiguo camino que iba de Palo Bola a La Frutilla y El Refugio. En ese punto coincidían varios caminos, y por ello se le empezó a conocer como “El Crucero”, nombre con el que se identificó a esta cabecera municipal antes de adquirir su denominación oficial.

Varios personajes estuvieron ligados a la historia de este edificio, todos pioneros. Algunos fueron figuras destacadas y otros tuvieron una participación más modesta, aunque no menos importante. Quizá para muchos aquello no parezca extraordinario, pero las condiciones en las que realizaron su labor —en un entorno hostil, aislado y lleno de carencias— hacen que su esfuerzo cobre una relevancia singular.
En ese entonces, solo existía el edificio en construcción, la casa de don Alejo y la carpa de doña Lorenza. Más allá, un mundo de cardones, choyas y mezquites se extendía en todas direcciones.

Los primeros en participar fueron don Alejo Verdugo, don Refugio “Cuco” Osuna y don Pancho Amarillas, quienes construyeron un pozo de cielo abierto detrás del edificio.
Más tarde se unirían a la obra don Carlos Grijalva, Martín Durán y Manuel Ledesma, mientras que la terminación del edificio estuvo a cargo de don Luis Tapia.

Don Alejo Verdugo, de quien ya hemos hecho mención y que fungía como velador del campamento, construyó su casa hacia el sur, en lo que hoy ocupa la SAGARPA. Era una vivienda hecha con palos de pitahaya, cardón, postes de mezquite y techo de palma.

La Casa Amarilla —la primera edificación de material levantada en El Crucero— comenzó en 1952 y se concluyó al año siguiente, coincidiendo con la llegada del primer grupo de colonos de la Colonia Revolución. Ellos se establecieron frente a la construcción, cruzando la carretera. Para entonces, doña Lorenza de Tapia ya tenía instalada su carpa en la calle Obregón, donde vivía y ofrecía comida. Con el tiempo agregó la venta de gasolina y cerveza, servicios indispensables para quienes transitaban por la nueva y casi desértica carretera. Su aporte al desarrollo de la región sería reconocido años después al asignarle su nombre a una de las calles de la ciudad.

Desde su origen, esta construcción cobró relevancia. Además de servir como campamento, fue el único edificio de gobierno durante los primeros años, y fungió como oficina provisional para todos los funcionarios que visitaron el valle en la década de 1950. También dio cobijo a los ingenieros encargados de hacer el deslinde del poblado, labor que inició precisamente desde la Casa Amarilla.

Fue oficina de recaudación de rentas y consultorio médico. Ahí atendió el doctor Maya, el primer médico formal de la comunidad, desde 1955 hasta 1959.

Pero lo más importante es que el año de su conclusión fue también el año de la fundación de Ciudad Constitución. En ese mismo periodo llegaron los primeros colonos de la Colonia Revolución, entre ellos don Luis Guiza y familia, y don Candelario Armenta con los suyos, y Cesar Mendoza y su esposa, doña Guadalupe.

El nombre de La Casa Amarilla proviene del color que siempre la caracterizó, el distintivo tono de la Junta Local de Caminos, dependencia que durante muchos años utilizó el edificio para el desempeño de sus actividades.
Por su ubicación privilegiada, en pleno centro de la ciudad, el inmueble generó los consensos necesarios para transformarse en un centro histórico-cultural.

Sitio Histórico

Por su valor simbólico y su papel en la historia de la ciudad, la Casa Amarilla despertó el interés de las autoridades. Durante el gobierno municipal de Alfredo Polanco Holguín se dieron los primeros pasos para que el inmueble pasara al municipio y se convirtiera en un espacio cultural.

En esa época se solicitó al entonces gobernador, don Alberto Alvarado Arámburo, que cediera el terreno al ayuntamiento. La respuesta fue positiva, con la condición de reubicar el campamento de la Junta, lo que demoró algún tiempo, por lo que esa administración no alcanzó a concretar el proyecto, aunque dejó sentadas las bases para el futuro.

Años después, durante la gestión de Alfredo Martínez Córdova, el gobernador Guillermo Mercado Romero hizo entrega definitiva del edificio al ayuntamiento.

Posteriormente, en el gobierno de Francisco Javier Obregón, se llevó a cabo la primera etapa del Museo de Historia Regional.

En septiembre de 2002, por iniciativa del presidente municipal Javier Gallo Reyna, durante la décima sesión de cabildo, se aprobó la declaratoria de Sitio Histórico de la Casa Amarilla, reconociéndola como un lugar digno para conservar la riqueza histórica del municipio de Comondú.

Actualmente, el edificio alberga al Museo Regional, y en su explanada se realizan diversos eventos culturales y sociales. En la parte posterior se construyó un auditorio que lleva el nombre de una distinguida pionera del valle: doña Rafaela Vizcaíno, poeta, compositora y escritora, quien participó desinteresadamente en múltiples actividades sociales.

El proyecto original quedó inconcluso: de los cuatro locales construidos, uno estaba destinado a la venta de artesanías elaboradas por artistas y artesanos locales.

Más allá de su carga histórica, la Casa Amarilla también fue escenario de historias humanas. El profesor Víctor Manuel Peralta Osuna —primer maestro y fundador de la escuela Revolución de 1910, en 1954— me contaba que ahí, en la Casa Amarilla, conoció a su esposa, la señora Esperanza, quien entonces trabajaba como secretaria en el edificio. Se enamoraron y, con el tiempo, se casaron.

La Casa Amarilla de Ciudad Constitución es, pues, una construcción emblemática, un ícono de la comunidad y un símbolo del nacimiento de la ciudad. Por su ubicación geográfica, con los años, se ha transformado en un espacio de encuentro, un centro de vida cultural y un escaparate para los artistas locales.
Un edificio que guarda en sus muros la memoria de los hombres y mujeres que, con esfuerzo y esperanza, dieron forma al corazón de este valle.

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