Una canción y muchos recuerdos de… Ramaditas

 

Un montón de recuerdos ingratos,
una carta que no se ha leído
un retrato tirado en el suelo
y en mi mano una copa de vino.

 


Uno de los primeros éxitos de Vicente Fernández fue “Tu camino y el mío”, lo escuché muchas veces en Radio Alegría de Ciudad Obregón. Al principio me gustó la canción, incluso creo que me la aprendí. Fue un éxito que repetían hasta el cansancio, finalmente terminó por enfadarme. Esto ocurrió allá por el año de 1969, cuando la única estación de radio que durante el día se escuchaba en el Valle de Santo Domingo era Radio Alegría de Ciudad Obregón, la XEVSD sería  hasta 1970.

Vicente Fernández tendría muchos éxitos más y crecería en el ámbito artístico hasta convertirse en el ídolo e icono dela canción ranchera, sin embargo, ese éxito en particular quedaría grabado en mi mente hasta la fecha, cincuenta años después.

Al escuchar de nuevo esta canción en la radio local de inmediato me transporté a aquellos años en que trabajaba en Ramaditas. Era mi segundo año como maestro, el primero fue en la sierra de Sinaloa.

Fue una época en la que los días se hacían largos, tediosos, interminables. Parecía que el tiempo no avanzaba  a diferencia de hoy, en el que los días pasan volando. No había energía eléctrica, ni tv, nada, sólo se escuchaba la música de los radios, que en las comunidades pequeñas siempre están a todo volumen, sobre todo cuando las señoras están haciendo las tareas del hogar. Así que después de las siete de la tarde nada más la XEW de México con su programación, en aquel tiempo muy populares: Chucho el Roto con Manuel López Ochoa, El Risámetro Bimbo, La gallina de los huevos de oro, Felipe Reyes, Porfirio Cadena —el Ojo de Vidrio— y otros más; era una barra programática que abarcaba de siete a nueve y media de la noche, después a dormir para iniciar actividades el siguiente día  a las siete de la mañana.

En aquellos años Ramaditas era una pequeña comunidad del Valle de Santo Domingo, con unas cuantas casas diseminadas sin el orden de un plano. Cada quien se instaló en donde quiso. No había calles, ni luz, ni agua potable, así que no había mucho qué hacer. Ahora, aunque sigue siendo pequeño, ya es un poblado en forma.

El ejido fue fundado en enero de 1951 por el grupo de los 24 que, procedentes de Pénjamo, Guanajuato, llegó a invitación del general Olachea, incorporándose en esa fecha al proceso colonizador del Valle de Santo Domingo.

Cabe señalar que el poblado Ramaditas es la cabecera del ejido San Juan de Matancitas.

Don Felipe Rosales era el subdelegado y ahí comía en su casa, la cual estaba en una lomita, una casa modesta como casi todas, su esposa, doña Sofía Soto, era la única que podía dar asistencia al maestro.

Ahí conocí a Rubén Ceguedo, ejidatario y vecino de esa comunidad —años después seríamos compañeros en el cabildo—, los dos fuimos regidores del Cuarto Ayuntamiento. Famoso por aquella frase “yo también la quero”.

También conocí a los Álvarez que vivían en Santa Marta, Ángel, Carlos y  Antonio tenían un ranchito ganadero y luego se hicieron de un terreno en el arroyo. Ahí sembraron después, pero como que la tierra no les respondía, o eso decían ellos. Pidieron una reposición, se la dieron casi en la orilla del ejido, para el rumbo  del ejido Josefa Ortiz.

   Los hijos de don Carlos eran Guadalupe, Maribel, Aurora, Javier, Aldo, José Alberto, Saúl, Jaime y Carlos Álvarez, algunos de ellos fueron mis alumnos.

Los primeros integrantes del ejido fueron Pitacio, Mento y don Felipe. Refugio Acosta también fue fundador del ejido, del que tiempo después se salió, pero ésa es otra historia.

Ahí Conocí a don Ignacio González, quien aún vive en Ciudad Constitución, también a su esposa la señora María de Jesús Rojas Rodríguez y a los papás de la señora, don Chon Rojas y doña Inés. A sus hijos: Felipe, Guillermo y Lorenzo González Rojas. Y los que nacieron aquí José ángel, José Guadalupe y Evaristo el más chico, y dos mujeres: María Sonia y Ana Bertha. Conocí a don Pitacio Negrete y su familia. A Salvador Navarro, que estaba arriba, atrás de la escuela. A Filiberto Acosta. A  Sacramento Alvarado, don Anastasio García Rosales y  Francisco García.

Había un muchacho que tenía un camión verde, Antonio Rojas, ya falleció.  Balta era el mayor, él también tenía un camión azul. Ya falleció don Pancho, quedó la señora. Falleció Salvador Navarro el Zarco, falleció Fili, falleció don Felipe, falleció don Pitacio.

Conocí también a Ángel Álvarez, viejo, y a don José Rodríguez.

En la actualidad hay mucha gente nueva en el ejido, porque de los pioneros ya casi no queda nadie.

Eso sí, en aquellos años los ejidatarios eran gente muy trabajadora y muy colaboradores con las actividades de la escuela.

La escuela tenía una parcela de cinco hectáreas, hoy desaparecida como por arte de magia. En ese entonces sembramos trigo, pero en realidad fueron los ejidatarios quienes hicieron el trabajo. Hubo buenos resultados con las utilidades. Con ello se cercó la escuela, por ejemplo, aunque no recuerdo que más se hizo, pero todo se empleó en el edificio.

El edificio de la escuela tenía dos cuartos, todavía están pero ya sin techo. Uno era para el maestro y el otro se utilizaba como aula; la escuela era multigrado, es decir, se atendían niños de primero a cuarto año. En la actualidad todavía a veces me encuentro alumnos de ese tiempo, ahora convertidos en padres de familia y,  seguramente, también son abuelos.

Dos o tres kilómetros adelante esta Villa Hidalgo, un poblado también pequeño fundado en el mismo año, aunque esta última comunidad ya tenía gasolinera, negocio que era de doña Cata, una señora muy conocida y además madre de varias chicas, todas muy bonitas por cierto.

En esa zona había cuatro escuelas, hoy desaparecidas dos: Teotlan, Providencia, Villa Hidalgo y Ramaditas. Todas ellas a no más de dos o tres kilómetros una de otra. Ahí estaban de maestros Víctor Cota, a quien ya conocía desde la Normal, José Antonio Noriega Amador, ya fallecido, y otros tres maestros, el maestro Acevedo Cabrera, su esposa que era de Yucatán, así como Carlos García.

La inspección estaba en Villa Insurgentes. Su titular fue la profesora María Silvia Salazar Salazar. Por cierto, en la casa de la inspección, en el mes de diciembre de ese año, durmió el candidato a la presidencia de la república, el Lic. Luis Echeverría Álvarez, quien andaba en campaña ya que era el candidato de pri a la presidencia.  A mí me toco elaborar las ponencias del ejido que le fueron presentadas al candidato.

En la actualidad, en Ramaditas todavía hay una escuela, pero ahora con edificio nuevo. La sigue atendiendo un solo maestro, como antes; en esa comunidad, como en la mayoría de los poblados pequeños de nuestro municipio, sólo permanecen los niños de primaria, sus papás y los abuelos; los jóvenes llegan a la edad de la secundaria y comienzan a emigrar en busca de oportunidades de trabajo o estudio, dejan sus poblados de origen, los cuales permanecen casi igual que hace cincuenta años. Sí, ahora con pavimento en las carreteras y en algunas calles, con energía eléctrica, agua potable, algunas casas con antenas de cable, internet o una secundaria, pero finalmente todo este progreso no es algo que detenga el éxodo de los jóvenes y las comunidades terminan solas, desérticas, con pocos habitantes en espera que sus hijos regresen… algún día.

 

Comentarios