Viví en Villa Constitución de 1958 a 1961. Fui un niño
que cursaba la primaria en aquellos entonces. Mis padres eran maestros de la
única escuela de la comunidad. Después de esa fecha me fui a vivir a la ciudad
de La Paz. De allá regresé como maestro en 1970. Constitución no había cambiado
mucho, hay que admitirlo, sobre todo el centro que era la parte antigua de la
ciudad.
La villa era todavía una comunidad pequeña, rodeada de
ranchos agrícolas. Hacia el norte, después de la calle Guadalupe Victoria,
estaba el rancho de don Enrique Angulo, ahora fraccionamiento Olímpico. También
el rancho del capitán Renero Calvillo, nombrado recientemente como fraccionamiento
Renero. Hacia el oriente, después de la calle Cervantes del Río, el rancho de don
Guillermo Flores, convertido actualmente en el fraccionamiento Los Pinos. Hacia
el poniente, después de la calle Guillermo Prieto que colindaba con los ranchos
de la familia Renero y Real, están los fraccionamientos Los Olivos y Real.
Al sur estaba el rancho del licenciado Hernández que
abarcaba de la planta de Comisión Federal hasta el Infonavit San Martín, luego
seguía el rancho de don Miguel Zazueta y más adelante el rancho de don Luis
Solorio, hoy conocido como colonias Pioneros y Chato Covarrubias. En ese
entonces el crecimiento de la ciudad era modesto. El único espacio para crecer
era de la calle Madero hasta la Reforma, hacia el oriente.
En esos años no había pavimento ni drenaje; el
alumbrado público se apagaba a las ocho de la noche, así el pueblo marcaba un
considerable retraso urbano. En esas circunstancias y en este lugar tuve la
oportunidad de conocer a muchas personas, entre ellas a mis vecinos del Centro.
La mayoría llegó antes que yo. Fueron pioneros de este valle. Casi todos ya no están.
Se nos adelantaron en el inexorable camino que todos habremos de emprender. Pero
fueron parte del vecindario y de la ciudad y cada uno de ellos, desde su
trinchera, contribuyó en el desarrollo de esta ciudad. Hoy los recuerdo con
afecto, reconociendo el mérito de su valiosa aportación a nuestra comunidad. No
todos vivían en esta calle, la Guadalupe Victoria, algunos tenían su negocio
solamente, pero igual eran vecinos gran parte del día.
En el año de 1956 la calle Guadalupe Victoria era la
última hacia el norte. Cuando se estableció el fundo legal en un lugar que
oficialmente no tenía nombre (lo adquiriría en 1957), aun así se le denominaba
el Crucero, Kilómetro 211 o colonia Revolución Mexicana. Fue también esa calle
una de las primeras que se pavimentaron en aquellos años del segundo
ayuntamiento 1975-1978.
De acuerdo a documentos oficiales consultados, todavía
en 1964 a esta calle se le designaba como Calle Tercera. Pocos lo saben. Para
1969 aparece con el nombre que actualmente tiene: Guadalupe Victoria.
En esta avenida radicaron don Raymundo Hernández
Arredondo, pionero de la colonia Nueva California, a donde llegó en el año de
1949 procedente de Satillo, Coahuila. En 1952 contrajo matrimonio con la que
fuera su esposa, señora Encarnación Carballo Cota, originaria de la ciudad de
La Paz.
Don Francisco Puente Frausto, a quien todo mundo
conocía como don Panchito, llegó al Valle de Santo Domingo allá por el año de
1951. Venía procedente de San Lorenzo, Coahuila, acompañado de su esposa, la
señora María del Socorro González Salinas.
Trabajó de velador, capataz y finalmente en Banrural,
de donde se jubiló como de jefe de cartera vencida. En el año de 1963
estableció su domicilio en la calle Guadalupe Victoria.
Don Florencio Magdaleno Razo llegó al Valle de Santo
Domingo procedente de Mexicali, en el año de 1952, estableciéndose en la
colonia Vargas.
Don Florencio llegó acompañado de su esposa, la señora
Beatriz Bañales Jiménez, y de nueve de sus hijos.
Le gustaba montar a caballo, afición que heredarían
sus hijos y nietos, mismos que con bastante éxito fueron dignos representante
de la charrería cuando esta estuvo en su apogeo.
Vivió también aquí don Enrique Angulo, y su esposa
doña Julia Álvarez. En el año de 1954 se establecieron en un rancho que un año
antes habían comprado y que casualmente limitaba con la calle en cuestión.
Antes vivían en Palo Bola.
En esta calle también tuvo su domicilio el profesor
Víctor Manuel Peralta Osuna, quien fuera fundador y primer maestro de la escuela
Revolución de 1910, en el año de 1954.
Don Lucio Chávez Sotelo y su esposa doña Consuelo
López Álvarez llegaron a este valle en el año de 1955, año en el que
construyeron e inauguraron el Hotel Casino de esta ciudad. Fueron vecinos nuestros
hasta que finalmente vendieron el hotel. Don Lucio falleció en el año de 1991.
Su esposa y sus hijos viven aún.
Don Francisco Yee Romero, originario del Puerto de
Loreto, llegó al Valle de Santo Domingo en el año de 1955 acompañado de su
esposa María Epifania Romero Arias y algunos de sus hijos. Fue empleado de
Banrural en donde se desempeñó como ayudante de chofer, archivista, operador de
radio, inspector de campo, trillador y armador de maquinaria.
Por la misma calle Guadalupe Victoria vivían Rodolfo Fito Montaño, sonorense, y su esposa
Rosita Geraldo (ella era de La Paz) llegaron a este valle a finales de los
cincuenta. Fito Montaño, como le decían todos, fundó en el año de 1957 la refaccionaria
Mayco, después sería Refaccionaria del Valle, la Central de Rectificaciones y
el Hotel Maribel; fue delegado municipal en el periodo 1965-1968 y apoyó
incansablemente el deporte, sobre todo el beisbol.
Originario de Sonoyta, Sonora, llegó primero a La Paz
y luego al Valle, don Gustavo Burruel, quien estando en la capital del
territorio contrajo nupcias con Rosario Flores Rosas.
Don Gustavo llegó con Rodolfo Montaño en el mismo año
de 1957, con quien trabajó durante toda su vida activa hasta su jubilación.
El profesor Victoriano González Castro, más conocido
como el Cemito, y su esposa, Lucía De la Toba Beltrán llegaron a radicar a esta
ciudad en el año de 1958, fecha en la que establecieron el restaurante de
nombre Victoria. Posteriormente, cuando se mudaron a la calla Guadalupe
Victoria, le cambiaron de nombre al negocio llamándolo El Cemito, en honor a
aquel famoso caballo sudcaliforniano que ganara varias carreras. Victoriano
González fue maestro, agricultor y comerciante.
Don Leobardo López y su esposa doña Celia Aguirre
llegaron procedentes de San Felipe, B.C. en 1961. Don Leobardo estableció el
primer yonque en la ciudad, fue pionero en la venta de agua en garrafón, en la
venta de carros usados y armó una pequeña fábrica de colchones.
Don José de Jesús Amezcua Oceguera llegó a Baja
California Sur procedente de Michoacán
en el año de 1947, como militar en activo y vivió en la ciudad de La
Paz, Los Planes y la Purísima, en donde se casó con la señora Ramona Arvizu
Mayoral.
En 1964 se establece como mecánico en la calle
Guadalupe Victoria.
Por esta calle vivió también Federico Riestra quien
fuera gerente y locutor de la radiodifusora
XEVSD hoy XHVSD, la cual se inauguró en diciembre de 1970. Vivió en esta ciudad por más de veinte años y ahora
radica en la ciudad de La Paz, en donde continúa ejerciendo el periodismo de
manera exitosa a través de las redes sociales.
Adrián Flores Echevarri llego a Villa Constitución,
procedente de Gómez Palacio, Durango en el año de 1972 instaló frente al Hotel
Maribel un estudio fotográfico. En 1977 se cambió a un nuevo local más al
centro de la ciudad. Se casó en este lugar con Olivia López Villaseñor.
La calle ya no es la misma de antes, se ha modernizado
y ha crecido hacia el oriente y el poniente al mismo ritmo de la ciudad. Ahora
es una calle llena de negocios. Hay cinco hoteles sobre ella, dos iglesias; una
parte de ésta tiene pavimento hidráulico
nuevo, otra es de asfalto que, por cierto, está ya bastante deteriorado; otra
más es todavía de tierra (de esa finita y latosa que parece talco), aunque es
una avenida con gran dinamismo. Por ser parte del centro desde muy temprana
hora comienza sus actividades. Por aquí pasan los vehículos que llevan gente a
los ranchos, los camiones que van a los invernaderos, los trabajadores de la
CFE que a San Carlos, los alumnos que asisten a las diferentes escuelas, los
que van a la unidad deportiva a sus ejercicios diarios y los que acuden al Centro
a trabajar.
Es, sin duda, una calle sin descanso porque aun los
fines de semana hay gran movimiento. Los bailes y los múltiples salones de
fiesta, las patrullas-seguridad pública están a un lado. Las sirenas de las
ambulancias que circulan repetidamente, los jóvenes con sus sonidos integrados
en los vehículos a todo volumen, las alarmas de los negocios que se activan a
cada rato. Y, aunque parezca increíble, todos los días nos despierta el canto
de los gallos. Por las noches tampoco nos dejan dormir los ladridos de los
perros que se inquietan por cualquier cosa.
Aun así, seguimos aferrados a esta calle, a sus
recuerdos y a su historia.

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