La siembra del algodón representó, en el Valle de
Santo Domingo, una etapa de bonanza para todos
sus habitantes. Gracias a la derrama que generó permitió a comerciantes,
agricultores, prestadores de servicio, autoridades y público en general,
obtener ingresos extraordinarios al vincularse a las diferentes etapas de producción,
por algo es considerado un cultivo de carácter social.
El cultivo algodonero se inició en el año de 1952,
tres años después de la llegada de los primeros colonos. Fue la colonia Del
Norte, integrada por personas provenientes de Chihuahua, quienes iniciaron su
siembra.
Para 1955 el cultivo del algodonero tomaba vuelo. A
partir de esa fecha comenzaron a llegar trabajadores de otros estados, de diez
a doce mil cada año, principalmente de Oaxaca, para participar en esta tarea.
También se inició la migración de los habitantes de la
zona serrana, quienes, motivados por la posibilidad de un trabajo bien
remunerado y ante la falta de recursos en sus comunidades y el aislamiento que
padecían, llegaron al valle y se asentaron en esta región.
La derrama económica por este concepto benefició
también al comercio de la capital del estado, principalmente a las agencias de
automóviles, pues era conocida la afición de los productores de estrenar carro
nuevo cada año. Tanta fue la derrama económica que generó la siembra del
algodonero que, inclusive, generó la expectativa de que el valle podría ser la
nueva capital de Baja California Sur.
Fueron aproximadamente treinta años en los que el
algodonero marcó la pauta económica de esta región y del estado, sin embargo, a
mediados de los ochenta comenzó a dar muestras de fatiga, por bajos precios,
plagas y otros factores que hicieron que para 1995 fuera el último año en que
se sembrara esta planta.
El Valle de Santo Domingo no producía mucho algodón, sólo el cinco por ciento del
total nacional, sin embargo, la calidad de la fibra local era de primera y
tenía gran demanda en el plano internacional.
Pero, ¿qué fue lo que pasó? ¿Por qué dejó de
sembrarse? La aparición de las fibras sintéticas que comenzaron a competir con
el algodón en la elaboración de prendas de vestir, fue el primer golpe para
este cultivo, puesto que bajó la demanda y, por ende, el precio del producto.
Luego seguiría la entrada al mercado de algodón de nuevos jugadores como China
y la Unión Soviética —¿se acuerdan del Mar de Aral?—, además del aumento de la
producción de Canadá y Estados Unidos provocó que fuera más barato para los textileros
mexicanos comprar una paca puesta en la ciudad de México proveniente de los Estados
Unidos, que una paca en el Valle de Santo Domingo.
Luego vino el problema de las plagas. Por un lado,
algunos productores no siguieron las normas de sanidad vegetal y, por otro, una
compañía les vendió fungicidas caducados, lo que originó que fuera difícil
controlar las plagas existentes. Si a lo anterior le agregamos la reducción de
la cuota de agua a los productores, esto ocasionó que a su vez se redujera el
área de cultivo.
Finalmente, muchos productores terminaron endeudados
con la banca oficial o privada ya que no pudieron pagar sus avíos y
prácticamente fueron a la quiebra.
En algunos estados de la república aún se sigue
sembrando algodón, pero son los que utilizan agua rodada, cuyos costos son
menores a los que se tienen, que cuando se extrae el agua con motores eléctricos o de
combustión interna como es el caso del Valle de Santo Domingo.
A la labor de sembrar algodoneros se le consideró un
cultivo social debido a la gran derrama económica, principalmente en mano de
obra, pues se beneficiaron no nada más los productores, sino también los vendedores
de semillas y fertilizantes, los transportistas, las despepitadoras, los
propietarios de aviones fumigadores, los comerciantes, los trabajadores del
campos, las autoridades, etcétera. Muchos se preguntan ahora. “¿por qué no se
vuelve a sembrar algodón?”, para volver a vivir esa época de bonanza.
La verdad es que, primero: ya no hay despepitadoras en
funciones, la mayoría son fierro viejo. Segundo: el precio del algodón sigue
demasiado bajo, lo que resulta incosteable. Tercero: las plagas están latentes,
dormidas o escondidas en el campo, en espera de encontrar el momento propicio
para desarrollarse. Además, si a esto le agregamos que la cuota de agua que
tiene cada productor es menor esto reduce el área de siembra y encarece el
producto.
A diferencia de antes, hay maquinas piscadoras y
sembradoras muy efectivas que ya desplazaron a los trabajadores del campo. Las
máquinas despepitadoras modernas hacen en una semana el trabajo de todas las
plantas que hubo en el Valle y que tardaban seis meses en procesar el algodón
que se producía en esta región. Tampoco se ocupan aviones para fumigar, porque ahora
el trabajo se hace con tractores especializados. Los camiones que transportaban
el algodón, los llamados “rabones”, que eran cientos, prácticamente han
desaparecido debido a los costos de la gasolina, ahora se utilizan tráiler y no
cualquiera puede comprar uno.
Regresar a esa época del Valle de Santo Domingo no sólo
es difícil, sino imposible. Además hay otros cultivos que sustituyeron al
algodón. Por ejemplo, el primero fue el garbanzo, que generó altas expectativas
y mano de obra, pero duró poco tiempo debido a que bajaron los precios. Ahora
el espárrago da muestras de ser un cultivo prometedor, buen precio, demanda
asegurada y en dólares, sin embargo, a diferencia del algodón, el empleo que
genera es limitado porque en cierta forma es especializado, y el dinero, en su
mayoría, se va ya que los esparragueros son empresarios foráneos que rentan los
ranchos.
No es que el cultivo del espárrago sea malo —aunque
nos dicen que no es sustentable ya que consume demasiada agua—, pero la mano de
obra que genera, aunque no se parece a la del algodonero, es buena, tanto en el
corte como en el empaque y es bienvenida la derrama de la renta de los ranchos
y la venta del agua también es razonable; existen ademas otros ingresos que
genera que lo hacen atractivo. No obstante, a pesar de lo anterior, extrañamos
la siembra del algodonero porque fue una época inolvidable para cientos de
familias que forjaron su patrimonio en esa época, en la que se podía comprar,
en una sola zafra, un vehículo, una casa o un terreno, ropa, grabadoras que eran
la moda o viajar, sobre todo cuando toda la familia participaba en esta tarea.
También fue una buena época para los músicos, trabajaban a veces las veinticuatro
horas y los salones de baile tenían actividad desde el jueves hasta el domingo.
En los bailes de la placita de Pueblo Nuevo, en una sola noche se vendían de
doscientos a trescientos cartones de cerveza.
Esa fue la época que marcó al Valle de Santo Domingo.

Comentarios
Publicar un comentario