En
mi pueblo, como seguramente sucede en otros lugares del mundo, las calles
usualmente llevan el nombre de héroes o personajes famosos en cualquier ámbito
de la vida o la cultura universal, pero a veces se incluyen figuras locales,
como es el caso de la calle Lorenza, viuda de Tapia, a quien pretendieron
honrar y reconocer su aportación al desarrollo de esta región como pionera del
valle de Santo Domingo, dándole el nombre a una importante avenida de nuestra
ciudad.
Resulta que esta persona, cuando menos con este nombre,
no existió, la que si vivió fue doña Lorenza de Tapia. Esta señora nunca fue
viuda, puesto que ella falleció primero que su esposo.
Pero, entonces, ¿quién fue doña Lorenza de Tapia? Doña
Lorenza, la abuelita o la tía, que era como la identificaban, fue la esposa de don
Basilio Tapia. Ellos llegaron procedentes de Sinaloa con la compañía tycsa, Talleres y Construcciones, S.A.,
donde su esposo trabajaba como albañil. Su último trabajo con esta empresa fue
la terminación de la Casa Amarilla que en aquel tiempo era el campamento de la
Junta Local de Caminos en el kilómetro 211.
Cuando ellos llegaron no había nada, sólo el edificio en
construcción y la casa de don Alejo Verdugo, que era el velador.
Doña Lorenza siempre tuvo un puesto de comida en el
campamento de la tycsa. Les vendía
alimentos a los trabajadores que construían la carretera y ya cuando llegó al
Crucero acompañó a su esposo continuamente con esta tarea.
Primeramente, a principios de 1953, se instalan en una
carpa que le había proporcionado la empresa. Poco después don Luis Tapia, hijo
de la señora, consiguió unas paredes de las casas prefabricadas que traía la tycsa para sus trabajadores y que se
armaban en los lugares en los que permanecían más tiempo. Don Luis construyó
tres cuartos: en uno dormía él y su primo, en otro Bernardo, su hijo, y en el
tercero don Basilio y doña Lorenza. A un costado de los mismos construyeron una
enramada en la que pusieron la venta de comida. Ellos se ubicaron en lo que hoy
es la calle Obregón, a unos cincuenta metros de la carretera, exactamente en
donde está ahora un puesto de cerrajería. Ahí, en ese lugar, vendían alimentos;
no había mucha gente, tampoco competencia. Los lugares más cercanos eran Palo
Bola, fuera del trazo de la carretera, y Santo Domingo al final del valle,
hacia el norte.
Como no había dónde comprar, en la mayoría de las veces
se tenía que improvisar. Don Luis tenía que improvisar. Para eso contaba con un
rifle calibre 22. Con éste cazaba algunas liebres.
¡Y vaya que había liebres por el camino! —nos relata don Bernardo Tapia—, con ellas preparaban la comida. Vendía sus taquitos y comiditas caseritas y
sus guisados de liebre. Había
gente que le decía no. A mí no me gusta la liebre, pero la hacía tan sabrosa
que la gente le pedía. «De ése, de ése deme». Era liebre y no había más. La
hacía en chile colorado o bien fritita con pimienta y todo eso. Estaba rica.
Se quedaron en ese lugar porque ahí llegaban todos los
empleados, tanto los del recurso hidráulico como el agrario. Iban a comer su
taquito, a tomarse su refresco. Después se
hicieron socios del señor Eliseo Santa Valdez, el viejo.
Don Eliseo comenzó a viajar al valle porque a su vez se
hizo socio del señor Víctor Palacios y juntos explotaron el rancho La Pitayona.
Don Eliseo ya era gasolinero. Tenía negocios en La Paz.
A los abuelos y a don Luis les propuso: «qué tal si yo traigo gasolina en
camión para que haya gasolina en tibores y ustedes la venden aquí». Don Eliseo era bueno para los negocios y dijo: «va a
servir a la gente que va de paso a La Paz o que viene de allá. También venderemos
cerveza y de la utilidad vamos a medias, ¿qué les parece?» Así se hizo y sin permiso, ¿a quién le pedían? «Pero
también nos hace falta un refrigerador», y como no había luz se trajo un refrigerador de
petróleo.
Después, el general Olachea que andaba de gira por
estos rumbos llegó al puesto de la abuelita y se le hizo fácil sentarse en la
mesa, de esas redondas que prestaba la cervecería y puso el pie sobre la silla;
lo vio doña Lorenza y de inmediato se dirigió a él y le dijo: «Mijito, las mesas son
para comer, no para sentarse». El General no dijo nada, nada más se sentó, por el
contrario los acompañantes que, por cierto, eran pocos, no como ahora, se
voltearon a ver nerviosos y asustados por la llamada de atención al Gobernador
del Territorio. Uno de ellos se acercó a la abuelita y le dice en voz baja: «es
el señor gobernador, el general Olachea». Ella
le contesta: «me vale madre». El
asunto no pasó a mayores, sólo quedó como una anécdota que todavía a la fecha
continua llamando la atención. La señora era muy seria, pero amable y muy
recta.
Algunos de ustedes dirán que importa si era viuda o no.
En realidad es algo que no tiene trascendencia, sin embargo, ha sido un buen
pretexto para hablar de la señora y reconocer sus méritos, porque llegar como
ella y como muchos otros lo hicieron, a un lugar en que sólo había monte, sin
caminos, ni tiendas, ni casas, ni personas, ni comida, teniendo como escenario
un mundo de cardones, de choyas, de pitahayas y como compañeros de la noche el
canto de los tecolotes y el aullido de los coyotes, fue más que meritorio y muy
merecido el nombre de esa avenida. Incluso le salimos debiendo.

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