Los niños de la noche

 


¿Usted cree en los fantasmas? Yo no, pero…

Para la gente que vive en la serranía todo es natural. Acostumbrados a esa vida, viven tranquilamente. No ocurre así con quienes vamos ocasionalmente, es decir, los de la ciudad. Para nosotros, cuando vamos de paseo, todo es novedad: Claro que, como antes señalé, ellos están acostumbrados al paisaje, a la flora y la fauna, porque ahí viven de manera cotidiana, y reconocen, como debe ser, sobre todo, el lenguaje de la naturaleza, según sea de día o de noche. Lo que para nosotros es algo diferente, para ellos es parte del hábitat natural. A nosotros nos llama la atención cualquier ruido proveniente de la naturaleza.

En días reciente fuimos de nuevo a la zona serrana. Caso contrario al de las playas, la sierra está desierta, lo que la hace ideal para “la sana distancia”.

Cuando llegamos allá, se nos comentó que habría visitas ese día y los dos siguientes. Fue algo, por supuesto, que no esperábamos. Apartamos un sitio para la Tribu Van y tres casas de campaña. De ahí nos fuimos al arroyo, éste a unos quinientos metros adelante, en donde existe una poza que nunca se seca, la cual tiene, a un lado, una cantidad razonable de mezquites muy frondosos. Ahí hicimos nuestro campamento provisional con la idea de regresar a la casa del rancho a dormir, ya que cuenta con un cerco de malla para protección de los animales potencialmente peligrosos.

No obstante, decidimos quedarnos cerca del arroyo. Limpiamos el lugar y nos llevamos un rollo de alambre borreguero con el cual rodeamos nuestro improvisado campamento, cenamos y después se asaron algunos bombones en una fogata que, exprofeso, se hizo para tal ocasión. Ya para entonces estaban extendidas las casas de campaña. Para esa hora ya se escuchaba música de banda que los recién llegados disfrutaban.

Nos acostamos temprano y seguimos escuchando, por un rato más, la música, más no las voces de los asistentes a esa reunión, pues estaban bastante lejos.

Como a las dos de la madrugada desperté, pero no sólo yo, los demás también estaban despiertos. Había un enorme y hermoso silencio. Solamente escuchábamos el concierto de ranas que inundaban la noche con su croar interminable. Un burro periódicamente rebuznaba, rasgando el silencio de la hora. Incluso una paloma, a eso de las dos y media, comenzó su canto que, sin quitarle ni una coma, repetía incansablemente su cu cu, currucú, cu. Más adelante un sonido agudo de otro animal que no alcancé a distinguir qué era —pero que en el nuevo día me indicaron se trataba de un gorrión— y, finalmente, el monótono zumbido de un enjambre que se escuchaba más fuerte conforme la noche fue envolviendo todo a su alrededor. Así continuó hasta el amanecer, cuando con la alborada se mezclaron otros sonidos y distractores que fueron difuminando y dejando atrás los ruidos de la oscuridad.

Lo más raro fue que, a eso de las dos, dos y media, ya no había música, pero si una amena charla de unos niños que intuimos venían por el arroyo. Estábamos a veinte metros de su cauce, una charla que duró varios minutos. Claro, como había niños en el otro campamento no hicimos caso de ello.

Al clarear el día salimos a dar la vuelta. De regreso nos encontramos a la señora de la casita del rancho —la anfitriona—, andaba buscando a los chamacos que se habían salido sin permiso. A ella le platicamos todo lo que había sucedido en el transcurso de la noche. Nos indicó que los niños se habían dormido muy temprano y que estos no salieron para nada, que no pudieron ser ellos.

 

Las dos tumbas

En ese lugar, en los años cincuenta, fallecieron dos niños y fueron sepultados como a cien metros de la casa, al pie de un Palo Verde. Seguramente ni cajón les pusieron, dadas las carencias de aquella época.

La misma señora nos comentó que un día que estaba lavando los platos en la cocina de la vivienda que estaba separada de la casa, ya para irse a dormir, escuchó que dos niños estaban jugando, hacia el mismo rumbo de las tumbas. Pensando que eran sus hijos les gritó que se fueran acostar, que ya era noche. En ese momento terminó sus labores y se dirigió a la casa. Para su sorpresa, los niños estaban dormidos. ¡No eran ellos los que jugaban allá afuera!

Cuando nos aclaró que los niños no habían salido esa noche, los que ya conocíamos la historia nos volteamos a ver y confirmamos, los cuatro adultos que dormimos en las casitas de campaña, que, efectivamente, se habían escuchado las voces de dos niños a la media noche. Ya entrados en el tema, llevé a mis acompañantes a ver el lugar en donde yacen los pequeños. Aproximadamente a cuatrocientos metros de donde estábamos.

Nosotros estamos seguros de haber escuchado esas voces, tan clarito como los demás sonidos de la noche. Y si la señora de la casa asegura que los niños del otro campamento no salieron a esa hora, usted, lector, ¿qué pensaría?

Como suele decirse, cuando uno solo cree en lo comprobable —soy hombre de ciencia—, pero hechos como estos, a veces lo hacen a uno dudar.

 

Comentarios

  1. Me encantan estas historias. Sobretodo si es de nuestro estado

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  2. Me pasó algo similar hace ya muchos años caminando por la sierra

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