En la parte posterior del edificio de la escuela Revolución
de 1910, de Ciudad Constitución, hay una gran cantidad de árboles frondosos,
siempre erguidos, enhiestos, enormes, que parecen estar tocando el cielo; se
mueven al vaivén del viento que a ciertas horas, cotidianamente, nos llega del Pacífico.
Esos árboles majestuosos, con sus enormes troncos, su corteza azulada, sus
hojas bicolores y perfumadas, que son casi tan antiguos como la misma escuela que
fue fundada en 1954, son los “eucaliptos de la Revolución”.
En esos primeros años de la escuela y del
propio poblado —antes colonia Revolución—, la brigada de Petróleos Mexicanos
que en esos años exploraba la región en busca de yacimientos de gas y petróleo,tenía
un campamento en los terrenos adyacentes a la gasolinera Santana. Dicha brigada
ofreció la construcción de un pozo para atender las necesidades del vital líquido
de la naciente comunidad y, desde luego, de sus trabajadores. El pozo
finalmente quedó en los terrenos de la escuela Revolución.Además de la
perforación y del equipamiento con un motor de combustión interna también construyeron una pila.
La edificación de la citada pila, a cargo
de Mateotti —un italiano que se dedicaba a la construcción y que era famoso por
su trabajo—, fue a iniciativa de los maestros, quienes contaron con el apoyo de
la comunidad, misma que se vio beneficiada puesto que, de ese depósito, las
familias que aquí vivían tomaban el agua para atender sus necesidades más
apremiantes.
Al principio, las personas que habitaban
cerca llevaban el agua en cubetas o botes cargados con un palo sobre el hombro.
También había los “piperos de antes”, es decir, personas que en una carreta de
dos ruedas y jalada por un burro o un caballo, llevaban dos tanques de
doscientos litros acostados sobre la plataforma de madera. De esta manera daban
servicio a los habitantes de la comunidad más alejados del pozo de agua.Era
común que en cada casa tuvieran dos o más depósitos iguales para que en ellos
vaciaran el agua y de esa manera tener el líquido necesario para lavar los
trastos, la ropa, las plantas y para el aseo personal.
Pero también era común que en los lugares
donde había un pozo de agua se sembraran o nacieran árboles.Así sucedió en la escuela
Revolución en donde crecieron muchos, algunos de los cuales todavía permanecen
ahí, firmes y atentos como soldados;como permanentes vigilantes de los niños
que a diario acuden a las aulas de la referida escuela.
Yo no me acuerdo si en esa pila se bañaban
los niños, porque éste era el deporte favorito en aquellos tiempos, bañarse en
la pila de los ranchos agrícolas que tenía cada quien, e imitar a uno de los
personajes más famosos de la época, Tarzán de los Monos, del escritor Edgar
Rice Burroughs, historia llevada al cine e interpretara doce veces el más
popular de los actores que dieran vida a este personaje, el estadunidense de origen austriaco
Johnny Weissmüller.
Si había una cuerda y un árbol era suficiente
para recrear los momentos estelares de esa película y después del grito
característico del personaje te aventabas a la pila y si había competencia
ganaba el que gritaba más fuerte o quien daba el mejor salto.
Además, desde luego, habían los deportes
llaneros que se practicaban como el beisbol, primero, y luego el futbol, o mejor
cazar animales pequeños con una resortera que uno mismo hacía con una horqueta
y hules de cámara de bicicleta. También se jugaba a las canicas o al trompo, el
cual se fabricaba de madera de la región; si hacía mucho viento se juagaba con
papalotes hechos de papel de china y trozos de carrizo.
No había parques o jardines para juegos en
esa época; el cine era sin techo, por lo que sólo pasaban funciones de noche, así
que no había mucho en que divertirse. Nada más cuando había feria y llegaban
los juegos mecánicos, algún circo o ir a misa los domingos. No había luz
eléctrica en el poblado, por lo tanto eran pocaslas opciones que se tenían.
La escuela no siempre fue igual, creció a
la par que el pueblo. Inicialmente el edificio de la escuela fue de tablas de cardón
y techo de palma, después de construyeron aulas de fibracel y techo de cartón
negro, luego las aulas tipo Hidalgo; más adelante las prefabricadas y,
finalmente, las aulas de dos pisos y otras de igual diseño.
Las aulas prefabricadas estaban en forma
de “L”, paralelas a las dos calles, unas al frente por la Obregón y las otras
por la calle Juárez, de tal manera que al entrar a la escuela tenías de frente
una amplia visión del patio escolar y al fondo se alcanzaba a ver, con toda
claridad, los árboles que en aquel lugar había: benjamines, pinos, palmeras,
abundantes plantas de carrizo y,por supuesto, los eucaliptos.
No sé si los eucaliptos de la escuela Revolución
son los mismos que nacieron o se sembraron cuando se construyó el pozo, o si éstos
son hijos o nietos de aquéllos. A mí me da la impresión de que han estado ahí
por toda la eternidad, siempre los he contemplado desde que era alumno de esa
escuela, en esos años había muchos más árboles. También estaban cuando fui
maestro de esa institución y siguieron ahí cuando, como padre de familia, la
visitaba con frecuencia. Ahora que a diario espero en la puerta a que den la
hora de salida para recoger a mi nieta, aún siguen presentes. En esos minutos
de espera los veo mecerse tranquilos, pausados, con ese sonido tan característico
que provoca el rose del viento con sus hojas y que invitan a la reflexión. A
veces, como en mi caso, me transporta varios años atrás, en un viaje por el tiempo,
que, aunque muy largo porque ya son muchos, no me canso en recorrer.
No sé cuánto tiempo más vayan a durar. Poco
a poco se han ido acabando, pero mientras estén hay que cuidarlos y
disfrutarlos; son parte misma de la escuela y del paisaje. Han crecido con
nosotros, los alumnos, los maestros, los ciudadanos y es nuestra obligación
velar por ellos.
Todavía hoy, los niños juegan y descansan
bajo su sombra, sobre todo en la hora de recreo y en las clases de educación
física. No se inmutan, generosos y complacientes cobijan a los niños en las horas
de más calor, regalándoles, además de su sombra y su frescura, la pureza del
aire que respiran.
Pero no sólo a los niños les dan abrigo y
protección, su abundante follaje recibe también a cientos de pajarillos que
alegres revolotean y brincan de rama en rama, en una interminable danza, los
cuales, llenos de energía y gracia, ejecutan en perfecta sincronía.
Nosotros que los hemos visto crecer, que
hemos estado a su lado, que hemos disfrutado de su sombra y de su belleza,
cuidémoslos para que nos duren muchos años más y así, seguir presumiendo los
eucaliptos de la escuela Revolución, nuestros eucaliptos.

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