En una ocasión, ya hace muchos años, por necesidad tuve que vender las únicas joyas que he tenido en mi vida ―salvo los relojes, que son más una necesidad que un lujo―. Tuve que hacerlo “porque los bienes son para remediar los males”. Eran una cadena y dos esclavas, una de estas últimas era de las tradicionales. Desde luego que no era muy ostentosa, pero tenía su valor.
La esclava en cuestión
fue a parar a manos de un amigo, también maestro, que conocí y laboraba en
Ciudad Constitución, cuyo verdadero nombre voy a omitir. Pero para efecto de
esta narración lo llamaré Miguel Ángel.
Era originario de
Nayarit y estaba realizando sus estudios de Normal Superior en la ciudad de
Tepic, Nayarit. El profe cada año, en los meses de vacaciones, tenía que
trasladarse a esa ciudad. Como tenía vehículo propio, se iba en él, lo que le
resultaba más cómodo para moverse en aquella comunidad.
Durante las vacaciones
inmediatas a la compra de la esclava, ya estando en Tepic, se le hizo fácil
invitar a un amigo y a dos chicas a dar la vuelta. Tomaron, pues, rumbo a la
carretera hacia Mazatlán. Luego de un rato en marcha, se estacionaron a un
costado de la misma a platicar, según me confesó. Poco después, comenta, llegó
otro vehículo que se detuvo junto a ellos. Del vehículo se bajaron dos tipos
armados con cuchillos y les pidieron entregaran todo lo de valor que trajeran
encima. Lo siguiente sucedió sin problema alguno, excepto que uno de los
maleantes se percató de que Miguel Ángel traía una esclava. Éste ni tardo ni
perezoso le pidió que se la entregara; trató de quitársela, pero fue en vano. Entonces
uno de ellos lo intentó con el cuchillo que traía, sin conseguirlo. Para cuando
se dieron cuenta habían transcurrido algunos minutos, por lo que uno de los asaltantes
se estaba poniendo nervioso debido al menudo tráfico de vehículos que había en
la zona.
―¡Córtale la mano,
córtale la mano¡ ―gritó desesperado.
Miguel Ángel, ya de por
sí nervioso, sintió que la sangre se le iba a los talones. Comenzó a temblar de
sólo pensar que pudiera quedar manco o desangrase ahí en la carretera. De
pronto lo invadió un sentimiento de terror, de pánico. Sudaba copiosamente. Quiere
decir algo, pero las palabras no le salen.
Cuando ya sentía que
serían sus últimos instantes, el ladrón logra votar el seguro y finalmente se
abrió la esclava. Miguel Ángel respiró profundamente, sintiendo que Dios había
escuchado sus plegarias, ¡que seguramente fueron muchas!
Los delincuentes salieron
corriendo alejándose en su auto por la misma carretera. Mientras tanto los
agredidos tardaron un buen rato en recuperarse de tan desagradable experiencia.
Después contarían esta historia como una anécdota que estuvo a punto de
costarles la vida. Lo que sí fue un hecho es que no volverían a salir en la noche
y mucho menos a las afueras de la ciudad. No sé cómo le iría a Miguel Ángel con
su esposa cuando esta se enteró de lo acontecido. Aunque nuestro personaje lo
contaba como una aventura, no creo que la señora lo tomara igual. Pero en fin. Eso
es ya otra historia que tal vez algún día conoceremos.

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