Recién pasé por la calle Salvatierra, como ocasionalmente lo hago, cuando tengo tiempo o cuando ando cerca de ahí. Esto, inevitablemente, me hace revivir imágenes del pasado, rememorar aquellos momentos de mi niñez y de mi adolescencia que viví en ese lugar; recordar a mis amigos de la primaria de la secundaria y a la palomilla de mi barrio. Me refiero a un barrio que permaneció igual durante muchos años, con un aire provinciano y familiar, donde todos nos conocíamos; las mismas casas, las mismas calles sin pavimentar, algunas empedradas y otras arenosas en donde jugábamos durante la noche bajo la luz del foco de la esquina, a los encantados, al cani, cani, o a contar historias de terror. Las historias de espantos eran muy comunes. Sí, era la calle, pero no había peligro. A esa hora había muy poco tráfico de vehículos, prácticamente nulo. Delincuencia menos. En tiempo de calor dormíamos afuera, en la banqueta sobre un catre, sin abanicos ni aire acondicionado. En lugar de refrescos, al mediodía era un vaso de limonada; los limones se cortaban en árbol sembrado en el fondo del lote, o agua de tamarindo. En la casa de doña Chuy Pozo había un árbol grandísimo.
Yo vivía a dos cuadras y media el mar, y cuando había
oportunidad, sobre todo en el verano, me iba al malecón a ver las canoas con
velas y remos (había muchas) hechas de tronco de árbol, sobre las cuales los
pescadores del barrio salían, o simplemente al muelle, que casi siempre estaba
lleno de barcos, unos grandes como el Anáhuac
o el Santa Teresa y otros más.
Incluso barcos más pequeños como el Raúl,
el Arturo, el Viosca, el San Jorge o el
famoso Estrella Costera, el Santa Providencia, etcétera. Cabe
recordar que los barcos chicos comenzaron a desaparecer cuando llegó el
transbordador, y los grandes cuando se abrió el muelle de San Carlos. También
iba a ver las lanchas de Rudy Vélez Fleet con turistas estadounidenses que
arribaban después de una jornada de pesca con enormes marlines que exhibían en
la orilla de la playa, junto a los cuales se sacaban fotos y luego regalaban
los peces extraídos.
Para llegar pasaba por debajo de aquel enorme túnel que
formaban los frondosos laureles de la india que adornaban el malecón y que de
una acera a la otra se entrelazaban en un permanente saludo, hasta que la
naturaleza y la mano del hombre los fueron desapareciendo.
Frente a mi casa (digo mi casa porque a pesar de no ser el propietario siempre será mi casa) había una hecha de madera en
medio del terreno de la esquina, un lote de tal vez 50 x 50 metros. Desde ahí
claramente se veía la otra calle, la Serdán, daba un aire de amplitud, de
libertad, pero ahora ¡oh, sorpresa! Hay un edificio de seis u ocho pisos. Ni
siquiera los conté. Me quedé perplejo, sorprendido, anonadado. Sí, llegó la
modernidad, pero se perdió la identidad de la calle. Ésta se achicó, el actual
edificio domina la vista, se perdieron las casas y ahora es una calle más, con
pavimento, con banquetas y llenas de locales comerciales. Este ya no es mi barrio.
La calle Salvatierra llegaba hasta el pie del cerro; arriba, en la Colina de la Cruz, había un
centro nocturno, se llamaba El Mirador, después sería conocido como la Ciudad
de las Niñas. Para llegar allá había un camino sinuoso, ahora todo están lleno
de casas y de enormes antenas.
En los alrededores había cinco tiendas cercanas. En la esquina,
en los locales de doña Chuy Pozo, ahora la Estancia Uruguaya, siempre hubo un
negocio de abarrotes, enfrente una cantina; en la otra esquina, por la Madero
había otra, más hacia el malecón estaba la tienda del señor Lizardi, hoy una
casa abandonada, llena de grafitis y con los vidrios rotos, como suele suceder
en estos casos. Por la Serdán, a dos cuadras hacia el centro, estaba la tienda
del Güero Taylor.
El edificio del hospital Salvatierra sigue ahí, igual, ahora
es la Casa de la Cultura; a un lado había otro baldío y el estacionamiento del
sitio Salvatierra. Ya no hay taxis, sólo locales comerciales.
Por esta calle pasaban la Mariana, el Carmelo, el
Chunique, la Malena, el Maleno, personajes urbanos de aquella época; y los vendedores
de pescado y ciruelas del monte o del Mogote, que los llevaban en botes
amarrados de un palo que se atravesaban sobre los hombros. Había gran cantidad
de lotes baldíos llenos de mezquites.
Esos negocios de antaño y esas prácticas de venta por las calles, así como los
nombres de las tiendas y sus propietarios se han ido perdiendo con el paso de
los años, como igual se van perdiendo los recuerdos en nuestras mentes, cada día que pasa son
menos y más vagos.
De mis amigos de esos tiempos pocos recuerdos quedan, a
pesar de haber sido una etapa muy hermosa de mi vida. De ellos hablaré en otra
ocasión.
El Esterito llegaba hasta la Colina del Sol, tal vez por
el estero que había en ese lugar el barrio llevaba ese nombre. Por otro lado
estaba el mar y hacia el oriente la Colina de la Cruz, pero hacia el sur no sé
hasta dónde llegaba este barrio, nunca tuve la precaución o la curiosidad de
saberlo, lo que sí sé es que a cinco cuadras estaba el centro: la catedral, el Jardín
Velasco y el Palacio de Gobierno.
Todos los días iba por el periódico de México a la
Librería Arámburo. La Ramírez todavía no existía y si caminaba por la calle Madero
pasaba por el mercado Arámburo, el de la vaquita (que en realidad es toro), ya
estaba ahí. En ese entonces vendían gasolina; las bombas estaban en la
banqueta, después las cambiarían a otro lugar.
Si caminaba por la calle Revolución pasaba por la casa de
los Díaz Bonilla, los Cóppola, la casa del mayor Avente, donde vivió el
escritor y periodista Fernando Jordán, había también una maderería, una panadería,
el consultorio del doctor Cardoza y las oficinas de la SARH.
Si me iba por la Serdán pasaba por la calle de los Renero
Lara, de los Balarezo, de los Taylor, por ahí vivía también Gustavo Gutiérrez
González quien fuera gerente de la HZ; pasaba también por la electrónica Aréchiga,
por la Casa Cota y por la Academia Comercial Salvatierra.
Ya en el centro de la ciudad estaba la secundaria Morelos,
estuve seis meses en ese edificio; el Cine Juárez, la nevería La Flor de La Paz,
la fotografía de Miguel Rodríguez y una peluquería que todavía está, ahí me
cortaban el pelo. El Tostón y Peso, La Palma, El Ancla, las oficinas de telégrafos
por la 16 de Septiembre, la escuela 18 de Marzo, el baratero Cumbre, el mercado
Madero, hoy Pasaje Madero, la tercera zona militar, el correo, la botica de Severiano
y muchas tiendas más, la mayoría ya desaparecieron o cambiaron de nombre.
Éste era el mundo que recorría a diario cuando La Paz
llegaba hasta la calle Cinco de Febrero e Isabel La Católica. Un paisaje del cual
cada día nos va quedando menos, sólo recuerdos que nos hacen sentir la
nostalgia por el pasado.
¡Ese era mi barrio, El Esterito!

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