El presente relato es una
historia real del vuelo 111 de Aerocalifornia de la que fueron protagonistas la
tripulación y pasajeros del avión Douglas DC-3 el cual, después de haber
iniciado un vuelo normal de Constitución a Los Mochis, el cambio repentino de
clima, como consecuencia del mal tiempo en el Pacífico, les hizo pasar momentos de angustia, mismos que con poca
gasolina, visibilidad escasa, vientos fuertes, una lluvia copiosa y el ruido
incesante de la carga del propio avión, así como de los rayos amenazantes de la
tormenta que haría afuera, y el hecho de que estuvieron a nada de estrellarse
contra la torre del kilómetro 35, finalmente lograron sortear la tempestad y
regresar a su punto de inicio.
En ese
tiempo la comunicación era únicamente por radio. Con este instrumento los
pilotos mantenían contacto directo con los controladores de vuelo, tal y como
si fuera un teléfono de uso normal hoy en día, de Los Mochis a La Paz. No
obstante, en este caso, la comunicación era nada más de la compañía, de radio a
radio.
Ese día estaba
un poco nublado, incluso se había anunciado la trayectoria de un huracán que
venía del Pacífico el cual entraría por el golfo de California durante el
transcurso de las siguientes horas. El capitán del DC-3 había solicitado
información a la oficina de su compañía de aerotransporte, a Los Mochis. Desde
tierra, los operadores de radar notificaron de regreso a los tripulantes sólo llovizna,
con suficiente visibilidad para que aterrizara sin problemas.
En la
cabina de mando la decisión de salir, en esas nubosas condiciones, fue del
capitán:
—Vámonos,
vámonos. Sí está lloviendo, pero poco.
Aunque no
se veía cansado, pero sí con muchas horas de vuelo, el que operaba los
instrumentos para levantar vuelo jamás imaginó que en lo que tardaron en cargar
y subir los pasajeros pasó una hora. Y el clima cambió. Cambió mucho.
El incrédulo
capitán decidió que el viaje se realizaría como de costumbre. No hubo necesidad
de ordenar de viva voz, sino que la mirada y actitud lo decían todo. La
confianza era lo suyo desde que era un novato. Apenas el aparato estuvo en
condiciones, la nave se alineó en la pista. Pasó revista con la mirada y el
fuselaje alzó la nariz rumbo a su destino. Por encima de la Sierra La Giganta y
en minutos sobre el golfo de California el clima cambió de manera drástica. Eminentemente
sensible, el capitán descubrió que se había formado una tempestad de
considerables proporciones, derivada del fenómeno meteorológico que se
avecinaba por San José del Cabo.
“Aún está
lejos de la ruta del avión”, pensó desenfadado el capitán.
Un
destello de temor se apoderó en un par de la piel del capitán cuando empeoró la
situación. El aparato se sacudía a causa de cachetadas de viento como espasmos de
moribundo. Lo único acertado entonces que se le ocurrió al instante fue
regresar a Ciudad Constitución. Era ya demasiado tarde. Ni siquiera pudo mandar
mensajes por el telecomunicador para avisar su nueva posición porque la
tormenta eléctrica, que avanzaba en forma de “U” les impidió toda comunicación
con la base.
El piloto
no decía palabra, pero disentía moviendo la cabeza. Buscando en las sienes
atiborradas de sudor nervioso la manera de dirigirse casia tientas a la ciudad
capital, La Paz, por más cercana para los propósitos del continente a su
cuidado y la valiosa carga de la empresa comercial.
La malicia abrazaba sus acciones. Casi a
tientas, pudiera decirse, se dirigió al aeropuerto de la capital, que desde las
alturas se le figuraba como querer ver un espectro conocido justo en medio de
la nada. Una señal fantasmagórica que le aliviara la creciente desesperación. Pero
allá también estaba lloviendo y con nubosidad bastante baja. Al principio estaba
visible, pero poco a poco se fue cerrando y perdiendo la transparencia.
En ese
intermedio de zozobra y silencio en la radio, Los Mochis cerró su aeropuerto.
De ahí siguieron a La Paz a pura brújula y radio (a medias debido a
intermitencias). La sangre del capitán
estaría a punto de ebullición. Y más ardería si también se hubiera enterado de
que la pista de la capital había cerrado. En alguna parte de ahí abajo con
fondo nuboso estaría la ciudad. Exhaló con naturalidad y miró abajo. Sólo el
VOR saltaba su aguja intentando localizar alguna señal de radio. Súbitamente el
truco de bajar algunos pies de altura funcionó para sintonizar con tierra. El
capitán sonrió con tal soltura que tranquilizó a los otros tripulantes.
—Tenemos
que salir de ésta para contar nuestra anécdota —dijo detrás de sus gafas
oscuras, aunque de antemano sabía que las lecturas de la torre lo hacían
inmensamente responsable del valor casi suicida de un descenso en esas
condiciones, sobre todo por los cerros que no se divisaban.
Eran de
seis a ocho pasajeros, todos de san Carlos. Los pasajeros iban descoloridos y
sobresaltados. Todos ellos eran pescadores y llevaban unos changos para pescar (que
ahora están prohibidos), es decir, son unas tablas con cadenas las cuales iban
en un cajón de metal, de aluminio y fierro. Imagínese en el compartimento de
equipaje un cajón de aluminio y fierro: los truenos, los relámpagos, el
movimiento del avión que subía y bajaba bruscamente, el ruido, considere una
caja de fierro que traiga tornillos y la sacudas, era una cosa de nervios por
el ruido, los ruidos de las cadenas.
La Paz no les
sirvió de auxilio, pues no pudieron bajar como hubieran querido. Además, el
combustible disminuía rápidamente, y las agujas iban veloces hacia atrás. La
tripulación decidió entonces enfilar hacia el Pacífico. No había otra opción. Todo
estaba cerrado. La idea del capitán era que sobre el mar, sin obstáculos,
tendrían la oportunidad de bajarse más y quizá de adivinar un mejor lugar para
por fin bajar.
Sin
embargo, la lluvia era copiosa y comenzaba a colarse por la salida de
emergencia que tenía el avión sobre la cabina de la tripulación. El diluvio
comenzaba a caer con bastante insistencia sobre los aceleradores y el
sobrecargo que no podía mantenerse en pie, sólo aflojaba un poco el cinturón y
estiraba la mano tratando de ponerle papeles enrollados a las rendijas para
tratar de contener las filtraciones.
Como la
visibilidad dentro de la cabina era casi nula y con el fin de no quitar la
vista del horizonte que en esos momentos requería toda su atención,
considerando que los marcadores eran pequeños, el capitán solicitó al
sobrecargo un pedazo de cuerda para colgarla al frente. En lugar de lo
requerido, éste se quitó una cadena que traía en el pecho y que entregó al
capitán. Como no había tiempo para reclamos, el objeto metálico rápidamente fue
colgado casi frente a él, de tal manera que le servía como marcador del
horizonte. Así, sin distraerse en la infinidad de nubes veloces, de reojo podía
monitorear al avión y mantenerlo lo más estable posible.
Frente a
las costas del Pacífico el sacrificio de encomendarse voluntariamente al gesto
heroico del capitán daba sus primeros frutos: pensamientos alentadores. Iban
fuertemente sujetos de lo que hubiera, con los cinturones puestos y
escudriñando la lejanía, pues con la neblina embadurnándoles los cristales no
se miraba nada, sólo las luces de los rayos y el estrépito de truenos y la
euforia de las cadenas allá atrás en el compartimento de carga.
En la
cabina iban el capitán, el primer oficial y el sobrecargo, cuando la luz de un
relámpago que se produjo en el ala derecha del avión iluminó el paisaje. De
repente y por un segundo el sobrecargo vio algo muy familiar: la antena de
televisión del kilómetro 35. En ese tiempo dicha antena era muy grande, y estaba
sobre el edificio que albergaba los equipos de transmisión de un canal de TV.
En seguida el sobrecargo pensó que la impactarían. El copiloto pudo también
distinguir la señal.
—¿La
viste? —se preguntaron al mismo tiempo primer oficial y copiloto.
—Era la
antena —se respondieron al unísono.
El capitán
la buscó de reojo rápidamente sorprendido.
—De este
lado, capitán.
—A mí me
pareció que por acá.
—Le voy a
decir por dónde, capitán —señaló hacia afuera.
—A ver,
¿para dónde le doy? —dijo el capitán, y se encaminó hacia donde creyó ver
también la instantánea señal que le quedó dibujada en el cerebro.
Silencio
de nuevo. Bajaron los alerones con la intención de subir el aparato y no
estrellarse contra la antena o los cerros. Conforme avanzaban hacia el Pacífico
empezó a clarear el cielo. El sobrecargo, algo cansado ya, alcanzó a ver, por
entre las nubes, lo que le pareció un
estero. Era una franja verde.
—Hay
esteros abajo, estemos atentos —se le ocurrió decir.
Al
descender de nuevo divisaron Isla Margarita, y la base naval. Colocaron el DC-3
por debajo de las nubes y Puerto San Carlos apareció a detalle. A 300 pies
sobre el mar tomaron rumbo al Puerto en donde había una pista operativa. En
aquellos entonces todavía bajaban aviones en el lugar. Era una pista natural,
un salitral. Bajaron como si hubieran acabado de bombardear bases enemigas: con
el corazón en la mano: nerviosos.
Imagínese
volar a Los Mochis, luego a La Paz, sobrevolar a ciegas la capital y luego enfilar
sin ninguna esperanza hacia el Pacífico. Ni hablar. Fueron dos horas de vuelo, llenas de sustos, de
miedos, de mutuos reconocimientos, de valor supremo y miradas trémulas y una
gran tensión a bordo de un avión que se sacudía constantemente. Al final,
cuando vieron el mar, al menos supieron dónde andaban y, en caso de agotarse el
combustible, esperaban descender, o caer, sobre algo más plano, más cerca de la
orilla, quizá.
Con un
mejor semblante en sus rostros, los improvisados aventureros del destino
arribaron a San Carlos. Una vez puestos los neumáticos en tierra, bajaron del
avión uno por allá, otro por acá y el capitán disgustado, sin saber ninguno qué
hacer.
Pidieron
noticias para saber si en Ciudad Constitución estaría ya despejado, pero no
había teléfono ni manera de comunicarse. Al tiempo los pasajeros salieron del
avión sólo para recibir la referencia de que estaban en San Carlos, no en Los
Mochis como estaba planeado. La expectación les invadió conforme volteaban para
todos lados reconociendo el lugar. De inmediato el sobrecargo les informó que
viajarían a Constitución en cuanto el tiempo mejorase y que, claro, la empresa se
haría cargo del hospedaje.
—No —dijo
uno de ellos—, no nos vamos a ir con ustedes. Mejor váyanse mucho a la…
Nosotros nos iremos por nuestra cuenta.
Habiendo
dicho esto se fueron caminado rumbo a la carretera. Total que el sobrecargo
salió maltratado y los pocos pasajeros dejaron las artes de pesca que traían.
De equipaje llevaban sólo una maleta de mano cada uno.
El primer
vehículo que pasó les informó que nada más estaba chispiando, no lloviendo. Otro
carro confirmó lo anterior.
—Vámonos en
el avión —dijo el capitán.
—Vámonos
pues —contestaron sólo dos pasajeros, porque los demás se quedaron.
El avión
regresó a Constitución volando muy bajo. Todavía había lluvia aunque muy leve,
llegaron con muy poca gasolina, sólo para aterrizar. Sin embargo, la mitad de
la pista estaba inundada, sobre todo la sala de espera. Eran aquellos tiempos
en que se inundaba todo, pero como venían prácticamente vacíos, es decir, con
poca carga, dos pasajeros y casi sin gasolina, pues en lo que quedaba de pista
ahí bajaron. Para esto era ya mediodía.
La
tripulación se fue a descansar. Tenían demasiadas historias qué contar. Durmieron
con suavidad y entusiasmo, como los osos cuando les toca invernar, no seis
meses, pero sí, de esas veces que te acuestas todo un día y toda la noche
completa.
Palabras
más, palabras menos, este fue un hecho real del vuelo 111, un DC-3 de
Aerocalifornia, cuya fecha no se pudo precisar, pero fue más o menos a finales
de los setenta o a principios de los ochenta. La tripulación de esta anécdota estuvo
encabezada por el capitán Modesto Copado, el primer oficial Rex y el sobrecargo
Basilio Montoya Álvarez.

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