Originario de uno de los tantos
ranchos enmarcados en la sierra de La Giganta, don José Manuel vive ahora en la
ciudad, sin embargo añora regresar a su tierra; extraña los corrales, el arroyo
y, en tiempo de lluvia, el agua que corre por todos lados y enverdece la
campiña, como al igual la sequía que con frecuencia se presenta en esos meses
de verano, en el que sólo el vapor del medio día se alza junto con el polvo del
camino reseco que provoca remolinos y golpea los rostros como si fuera una
braza ardiente.
Extraña traer el
paliacate rojo en la bolsa del pantalón para secarse el abundante sudor que
recorre su cara, o traerlo bajo el sombrero para mitigar el calor.
Extraña montar a
caballo, arrear el ganado y ordeñar las vacas; añora el placer que le daba el
levantarse en la madrugada, al primer canto del gallo y pararse junto a la
hornilla para servirse y saborear la primera taza de café de talega, recién
hecho.
Extraña el sonido
prodigioso de la naturaleza, el canto de los pájaros y a los venados que,
furtivos, se pasean por las brechas y caminos de la sierra.
Pero el tiempo pasa, y a
don José Manuel el tiempo de regresar a su tierra se le acaba. El otoño ya le está
tocando a su puerta, su cabello entrecano así lo indica. Se ve cansado, y el
trabajo diario de albañil lo hace más duro de llevar. Los años pesan a esa edad
igual o más que los sacos de cemento que a diario tiene que cargar. Por eso se
administra y sólo sueña con volver a esa tierra que dejó desde muy joven.
Nacido en el poblado La
Redención, cerca de San Luis Gonzaga, vivió gran parte de su vida en San
Vicente de la Palmas. Desde 1971 es vecino de Ciudad Constitución, en donde por
causas de fuerza mayor se vino a establecer.
Su infancia
Desde muy temprana edad se
incorporó a las tareas del rancho. Casi desde los ocho años se levantaba a las
cinco de la mañana para dirigirse a la presa que habían construido en el ojo de
agua, ubicado a un kilómetro de la vivienda, lugar del cual enviaban el agua
hasta la casa que habitaban. Ahí tenían un pequeño huerto el cual él mismo
sembraba. El tiempo del riego era para soltar las chivas y ordeñar las vacas,
después regresaba hasta el venero para cerrar la compuerta. Por la tarde
nuevamente había que soltar las chivas, darles de comer y, en general, atender
el ganado. No había sábados ni domingos. Las tareas del rancho eran desde las
cinco de la mañana hasta que pardeaba la tarde. La vida social de casi todos
los integrantes de la familia era ridícula, a diferencia del señor de la casa
que salía con cierta frecuencia.
El huerto ya no está,
pero el recuerdo aún permanece en la memoria de José Manuel. Cuando va al
rancho se para frente al terreno, cierra los ojos y de inmediato el ruido que
surge al rozar el viento con las hojas de las pocas palmeras que aún están ahí.
Regresa a aquella época de su infancia. De inmediato sentía el aroma inconfundible
de los azahares de los naranjos y los limoneros que en aquellos años abundaban
en ese lugar. Renacía también el olor de las guayabas, de los mangos, de los
higos.
Las cañas que creían
enormes y jugosas, luego las molían en el trapiche de su tío.
Recuerda cómo se
esforzaba porque los surcos de las hortalizas quedaran derechos. Le viene a la memoria
también la satisfacción que le producía cuando levantaba la cosecha de sandías
y melones.
La adolescencia
Don José Manuel creció y el amor
tocó a su puerta.
Él tenía dieciséis años
y ella doce. María Félix se llamaba la chamaca. Se enamoró de ella desde que la
conoció. Aunque había otras jóvenes, fue María quien le robó el corazón. Aquella
muchachita pequeña de estatura, muy blanca y muy bonita. Le llamó la atención sobre
todo su cabello, aquel muy largo que le llegaba hasta la cintura… ¡y los ojos! Unos
grandes y oscuros que le recordaban las noches de luna nueva a las que él
estaba tan acostumbrado.
María era vecina de un
rancho cercano. Allá la conoció. Después se encontrarían en el arroyo, cuando
ella salía a buscar leña. De eso su hermana se encargaba, mientras él y la
muchacha platicaban. Sólo eso. Nada de tomarse la mano, mucho menos… ¡besarse!
Fue una época en que los padres eran extremadamente rigurosos y por ello no
permitían el noviazgo. En una ocasión se acercó a la casa desde el arroyo para intentar
ver a la muchacha. Para su desgracia salió primero el papá de ella con un rifle.
Al percatarse del peligro, José Manuel salió corriendo. Poco después el mismo
papá de María le platicó al pretendiente fisgón que alguien lo estuvo espiando días
atrás. El muchacho se sintió aliviado del percance, puesto que el suegro no lo había reconocido.
José Manuel aprovechaba
cada vez que salía a campear para ver a su novia. Antes de partir metía en las
alforjas de caballo una muda de ropa limpia, la mejorcita que tenía. A medio
camino se cambiaba para llegar a ver a su amada. De regreso hacía lo mismo para
que en su casa no se dieran cuenta.
Así pasaron tres años
hasta que decidieron fugarse, para ello José Manuel cambió una vaquilla por un
caballo, hecho que le causó un reclamo de su padre, según él, por lo
innecesario que era ya tenían otro animal igual.
José Manuel se llevó a
la muchacha en la noche, a caballo hasta San Vicente de la Palma. Para entonces
ya vivía ahí, pero ese rancho estaba como a doce kilómetros de la casa de la
novia. Allí se quedaron y dos meses después contrajeron matrimonio.
Al poco tiempo de
casados, los padres de José Manuel se mudaron a la ciudad y él se quedó solo
con su familia. No los extrañó demasiado, ya que supo adaptarse. Mientras él
atendía las labores del rancho, su esposa se encargaba del hogar, la comida,
los hijos, como todas las mujeres de los ranchos. En parte por una cuestión de
costumbres y hábitos o por pasatiempo también, María tenía su jardín y sus
gallinas. El patio de la casa siempre estaba muy limpio y lleno de plantas y flores.
La enfermedad
Fueron diez años de felicidad,
hasta que su esposa cayó enferma. Nunca se supo de bien a bien qué tenía, pero fueron
tiempos muy difíciles y agobiantes.
Ella, como una vela, se
fue apagando lentamente. Sólo su sonrisa permanecía casi igual. Incluso enferma
intentaba darles ánimo, pero la realidad decía lo contrario. Quizá los hijos aún
pequeños no entendían la gravedad; don José Manuel sí.
María falleció muy
joven. Tenía veinticinco años cuando dejó en la orfandad a cuatro hijos
pequeñitos.
José Manuel sufrió en
silencio su partida. Hubiese querido llorar, gritar en ese momento, pero había
que mostrar entereza ante sus hijos.
Fueron felices, de eso
ni duda cabe, aunque la pérdida de su amada no dejó de ser una gran tragedia.
Es una herida que nunca ha podido sanar y su recuerdo aún permanece, como si
estuviera allí, junto a su familia siempre.
La vida ya sin su compañera le
complicó la existencia. Solo ya no pudo atender las labores cotidianas del
rancho y a la vez estar pendiente de sus hijos.
Salía muy temprano,
todos los días. Era una rutina necesaria para mantener el control de los
animales que salían en busca de pasto o algo que comer, sobre todo en tiempo de
secas, cuando las cosas se ponían aún más difíciles. Si en el verano no llovía,
el campo les regateaba la comida todo el año.
En los años de aquel
tiempo, el valle de Santo Domingo tomaba fuerza. Había más fuentes de trabajo y
oportunidades de un futuro mejor para sus hijos. Entonces don José Manuel
decidió emigrar, dejando atrás la vida del rancho que era su pasión.
En el valle
Don Juan Manuel encontró trabajo en
Santo Domingo. Comenzó de chofer, luego se hizo albañil; también, con el tiempo
la vida le dio otra compañera, con familia igual que él. Los hijos de ambos crecieron
y más tarde se independizaron. Ahora solo uno de ellos vive en el rancho,
siguiendo los pasos de su padre y de su abuelo.
La vida del ranchero siempre
ha sido muy dura. Eso lo sabe muy bien don José Manuel. Por eso le piensa: “en
la ciudad tiene un trabajo y un ingreso, y allá en el rancho todo dependerá de
las lluvias, de que el cielo se muestre generoso, porque si un año no llueve
todo se viene abajo”.
“Aun así, sigue pensando, la vida
del rancho es inigualable.”

Excelente relato!!
ResponderBorrarEvoca la nostalgia y emociones hasta de los que no crecimos en esa vida de rancheros!
Gracias profe!!
Super bien, Profe. Me hizo recordar las vacaciones, en el rancho con mi Manita Chayo. En el Agua de León, cuando nos levantavamos, muy temprano aún sin luz y con una neblina espesa, que dejaba gotas de agua en los brazos.
ResponderBorrarExcelente. Realmente difícil la vida del rancho pero implacablemente hermosa. Gracias profesor por tan interesante y hermoso relato.
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