De La Vieja a San Agustín: Km. 77

Antecedentes

El restaurante del kilómetro 77 de la carretera transpeninsular, de La Paz hacia el norte, ha sido durante muchos años el lugar preferido de los viajeros, quienes en uno u otro sentido han transitado por esta vía. Parada obligada para descansar, tomar agua, ir al baño o disfrutar un sabroso platillo regional que aquí encuentran.

El 77, como todos lo conocemos, está ahí desde 1952, fecha en que la señora Amelia Avilés Varela lo fundara a instancias del general Olachea. En esos años se iniciaba el Valle de Santo Domingo y la construcción de la carretera; antes se transitaba por la costa, bajando por los filos hacia el Pacífico para llegar al Refugio, un rancho que marcaba el inicio del Valle de Santo Domingo, pero antes se pasaba por comunidades como el Conejo y La Vieja.

 

La Vieja

Doña Amelia Avilés vivía en la comunidad de La Vieja, un rancho ubicado a unos 16 kilómetros del 77 hacia la costa. Ahí la señora tenía una especie de mesón y daba hospedaje —tenía catres y comida— a los que iban y venían por el camino viejo, teniendo en cuenta que por las condiciones del terreno se hacían varias horas en el traslado. En realidad era una brecha que en ocasiones estaba en muy malas condiciones y era común que los carros se atascaran, lo que ocasionaba que el trayecto se hiciera en días y no en horas como ahora.

Ellos llegaron ahí, aproximadamente en el año de 1935. Antes estaban en El Carrizal, pero nuestro entrevistado nunca supo qué los motivó a mudarse a este lugar.

Este rancho estaba muy cerca del mar y cuando se cambiaron, nos dice Raúl Carballo, nieto de doña Amelia. “Yo extrañé mucho allá porque todos los días me desayunaba con ostiones y  langosta, el mar estaba a 500 metros. Todo estaba virgen. Había langosta a discreción.”

En La Vieja estuvieron algunos personajes importantes como el general Lázaro Cárdenas, que en ese tiempo era secretario de Guerra y Marina, Vicente Lombardo Toledano y el general Mújica, en ese entonces gobernador del Territorio.

“El nombre de «La Vieja» se tomó de una india que vivía en la sierra, en el kilómetro 60. A escasos 15 o 20 kilómetros de la carretera hay una cueva y una tinaja, conocida como La Tinaja de la Vieja. En esa cueva vivía tal vez la última india que existió. Era muy bronca. Cuando algún ranchero o vaquero cruzaba por ese lugar, corría y se iba para La Vieja, para el mar. Allá había otras cuevas, en las piedras, en los cantiles, ahí se la pasaba. Hasta que intuía que se habían marchado, volvía otra vez. Ahí está la cueva”, afirma don Raúl.

En La Tinaja de la Vieja todavía se encuentran vestigios, como objetos de barro y otros que seguramente utilizaban esta persona y sus familiares cuando vivían ahí.

—Ya estaba La Vieja, pero mi abuela le cambió el nombre. Se le hacía un poco despectivo, por eso le puso: “Santana’’. Casi nadie lo supo.  

 

El cambio

En ese tiempo el general Olachea era el gobernador de la entidad y la señora era su prima hermana. Ellos se criaron en el mismo rancho de San Venancio, de El Pescadero para la sierra.

Tiempo después, cuando se comenzó a hacerse la carretera, el trazo cambió y ya no pasó por La Vieja. Entonces el general Olachea le dijo a doña Amelia, en una de las tantas visitas, las cuales eran frecuentes:

—Amelia, vas a tener que cambiarte de lugar, porque vas a hacer falta allá, a la gente que está llegando para que tú los atiendas.

—No. Yo no puedo —le dijo.

—Sí. Sí puedes —contestó el general—, pero tú sabrás.

Por fin aceptó.

—¿Adónde me voy a ir?

—A donde tú quieras —le dijo—, ahí tú busca un lugar.

“Esas fueron las razones que nos vinimos de allá, de La Vieja al 77”, afirma don Raúl. Por eso ahí comenzó en el mes de abril de 1952.

“Llegamos ahí, nos instalamos. Ella comenzó a dar servicio a la gente. No había casi changarreros en el camino en ese tiempo. En ese año la carretera todavía estaba en proceso, pero ya pasaba por ahí.

 

El nombre

Poco tiempo después de instalados en su nuevo domicilio los visitó el general. “Yo estaba ahí”, afirma nuestro entrevistado. “Me acuerdo que le dice el general a mi abuela: «oye Amelia, ¿cómo se llama aquí?» El 77, respondió ella, porque estamos en el kilómetro 77. «No, Amelia, intervino el general Olachea, ponle otro nombre. Uno propio, que resalte aquí.» Entonces mi abuela le dijo: «ayúdenos a pensar». Ahí estaban,  mi abuela le contestó primero: «le vamos a poner San Agustín, aunque tú no eres un Santo», le dijo.

—Yo estuve casi 40 años con la familia —me dice Raúl Carballo—. Ahí murió mi abuela. Le pasó el negocio a mi mamá. Mi mamá, María del Carmen J. Domínguez, se quedó con el oficio, pero el más famoso ahí era Raúl Carballo Domínguez. El tiempo que estuvo a cargo, porque mi mamá falleció, aunque mi papá y mi familia nos quedamos ahí, otra temporada.

 

Los sinarquistas

Los primeros fuereños que comenzaron a pasar por el camino viejo,  fueron los que abrieron María Auxiliadora —así se lo platicó su abuela, nos dice Raúl. Ahí venían don Pancho, don Martín Caballero y Salvador Landa, ellos se casaron con primas mías, por eso emparentamos. Venía como líder del Grupo Sinarquista el licenciado Salvador Abascal.

 

El león y el perro

En La Vieja había un grupo de pescadores que tenían un perro. Se llamaba el Nerón. Cuando se fueron se lo regalaron don Raúl Carballo Avilés, padre de nuestro entrevistado. Dicen que en una ocasión andaba una leona, cerca de donde vivían, por el arroyo hacia arriba. Ese día dos de los hermanos fueron a cortar flores de dátil. Eran tiempos de secas. Miraron la huella de la leona. De inmediato la hermana se devolvió a avisarle a su papá, esperaron que regresara el Fito, así le decían a su hermano. Salieron en busca del animal siguiendo las huellas, se llevaron al perro. Don Raúl, viejo, llevaba una pistola, pero con sólo un tiro. Era muy bueno para tirar. Llevaban el perro amarrado con un mecate y éste empezó a jalonearse en la medida que avanzaban. Lo soltaron. Se fue corriendo, al rato se escuchó el ladrido. En un llano tenía a la leona a la defensiva, que no alcanzó a subirse a un árbol —es lo que hacen cuando están en peligro.

Ahí en el llano la leona capoteaba al perro que se movía constantemente mientras el felino medio sentado enseñaba los dientes, gruñía. Así don Raúl no le podía tirar hasta que en un descuido le disparó quebrándole la columna vertebral.

 

El cazador de Al Capone

Don Raúl Carballo me comenta que también los visitaba en aquellos años  un personaje casi desconocido, Casimiro Talamantes, quien fue coronel en la Revolución. Radicó en El Triunfo. Don Casimiro después de la Revolución se fue a Japón, a aprender artes marciales. En Inglaterra y Alemania también realizó otros estudios. Regresó, fue jefe de la Policía Judicial Federal. Con ese cargo capturó a Al Capone, en el torero de Tijuana. Se lo entregó a la policía de los Estados Unidos en la frontera cuando ésta era dirigida por Elliot Ness y  Los Intocables. A raíz de la captura de Al Capone le mataron un hijo a su tío Casimiro, que por cierto era padrino de bautizo de su papá. Posteriormente Casimiro capturó al asesino de su hijo en Tabasco. Casimiro dominada otros idiomas como el inglés, el alemán y el japonés.

 

Salvador Landa

Conocí a Salvador Landa Hernández a principios de los años setenta. Vivía en Villa Constitución en unos cuartos que estaban sobre la calle Guadalupe Victoria.

Al Nene, como le decían a Landa, lo vine a encontrar después de muchos años de no verlo, en el restaurant del kilómetro 77, ahora como propietario de ese lugar. Originario también de La Vieja, adquirió la propiedad siendo familiar de los anteriores dueños.

Él, al igual que su esposa, la señora Olivia Flores Hirales, atienden de manera amable y cortés a los cientos de personas que a diario transitan por la transpeninsular. Es ahí donde usted puede saborear los mejores burritos de la región, o un plato de machaca con frijoles, un pedazo de queso regional; los tacos de frijol con queso o una infinidad de platillos meramente sudcalifornianos que sabrosamente se preparan en ese lugar. Desde luego, no puede faltar el café de talega. No deje, pues, de llegar en su próximo viaje, le aseguro que no se arrepentirá.


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