Recordando al Cine Variedades

El Cine Variedades fue parte importante en la vida social de los Comundeños durante los primeros años de la colonización del Valle de Santo Domingo. Fundado en la segunda mitad de los años cincuenta, por don Mario Marín Franco, llenó toda una etapa de la diversión y el entretenimiento, particularmente porque no había, en esos años, lugares o actividades dedicadas al esparcimiento familiar.

Construido de adobe, sin techo, con piso rústico de cemento, bancas de madera y butacas sin cojín, el cine era el lugar de reunión de las familias, niños y adultos, jóvenes estudiantes ¡y qué decir de los enamorados!

En este lugar no sólo se proyectaban películas, también se presentaron artistas de talla nacional, se hicieron funciones de box y programas culturales organizados principalmente por las instituciones educativas.

Respecto a este tema platiqué con don Rubén Luján, quien durante ocho años fuera operador de los aparatos de este lugar, hasta que el cine fuera vendido a la familia Bojórquez.

Seguramente el cine variedades ha de tener muchas más historias, pero he de circunscribirme a la etapa del señor Luján, quien lleno de emoción narra algunos detalles de su paso por estas instalaciones.

Don Rubén Luján entró a trabajar de “Cácaro” (así le dicen a quienes manejan los aparatos de proyección), en el año de 1969. Tendría entonces unos dieciséis años aproximadamente. Como el cine, tenía dos aparatos, cada cual lo manejaba una persona. A Luján le tocó uno de estos, junto con su hermano José Luis, pero antes su inicio fue como encargado de realizar el aseo del lugar.

De los operadores que trabajaron ahí, don Rubén Luján recuerda al Chory Martínez, también a Gregorio Palacios, al Pelón Ruiz, así como a Crescenciano y otros más.

En un principio en el cine se proyectaban películas mexicanas, después también estadounidenses. Las de realización mexicana, nos dice el señor Luján, eran de 35 milímetros, mientras que las extranjeras eran de 60mm en cinemascope, que era así como se definían porque abarcaban toda la pantalla.

Las funciones eran, inicialmente, sábados y domingos; después se ampliaron al viernes y posteriormente los lunes conforme aumentó la demanda.

La función comenzaba a las ocho de la noche con fotos fijas de anuncios de Casa Cota, Refaccionaria Jaubert y otros negocios que se promocionaban en este lugar, luego seguían el noticiario que llegaba de la ciudad de México y que era común antes de la función. Ya como a las ocho quince empezaba la proyección que duraba aproximadamente tres horas. En esos años el Cine Variedades era el único en la región, por ello los fines de semana venía gente de todos los ranchos. Algunos llegaban en camiones, y como los caminos estaban en mal estado tardaban de dos a dos horas y media en el recorrido. “¡Se imagina!”, me dice el señor Luján, “¡a qué horas llegaban de regreso a sus comunidades!”

En época de pizca, no sólo se llenaba el cine, también había muchas personas que se subían a los árboles que están frente a la iglesia y desde ahí miraban la función. Estos eran unos árboles muy grandes y desde la caseta mirábamos cómo se movían sus ramas con el viento, veíamos incluso hasta gente prendida de sus brazos, sin preocuparse de nada. Como hasta allá llegaba el sonido se echaban toda la función sin inmutarse.

Afuera del cine había unos quince puestos. La mayoría vendía tacos, burritos, algunos hasta menudo y Choco Milk. Se llenaban cuando terminaba la función, porque la gente se arremolinaba en busca de cena.

“Ahí mismo, don Ramiro Camacho tenía un puesto, en la pura esquina. Era el único que vendía tortas, sándwiches y frituras”, me dice el señor Luján.

La entrada al cine costaba, en ese tiempo, cinco pesos con veinte centavos. Los centavos eran por lo general para los desayunos escolares.

Al principio los boletos eran de plástico y ya después se utilizaron unos rollos igual a los de los circos. Estos ya vienen foliados, de esa manera se controlaban los ingresos de mejor manera.

En la taquilla estuvieron Kalina, Emma Damián, Rebeca; y en la entrada Silvia Marín, su esposa doña Lupita y hasta la mamá de don Mario Marín.

Si llovía, como no tenía techo el edificio se suspendía la función y se les regresaba el dinero de la entrada o se les respetaba el boleto para otra función.

Cuando se hacía el aseo, después de la función, se encontraban refrescos, cerveza, botellas de tequila, carteras o joyas, aretes; infinidad de cosas que dejaban los asistentes o que se les caían sin darse cuenta.

En una ocasión, comenta Rubén, una señora que no acudía con mucha frecuencia al cine, iba acompañada de una niña y le tocó una película en la que había una lluvia intensa con rayos y truenos. La señora se asustó pensando que eso estaba sucediendo afuera, tomó a la pequeña del brazo y le dijo: “vámonos, porque está lloviendo muy feo”. Cuando salió del cine se sorprendió de que ni una gota de agua había caído, ¡sólo era la película!

A don Rubén Luján le tocó también ser el anunciador, así nos lo comenta. “El señor Marín adquirió un vehículo Chevrolet, un carro pequeño, y nos dijo: «este auto será exclusivamente para anunciar». Así que le pusimos las cornetas y adentro, en el asiento del chofer, iba un sonido Radson, que en aquel tiempo eran muy comunes. Éste en la parte de arriba traía un tocadiscos para discos de acetato. Así que salía y en los lugares en donde había varias personas me detenía, prendía el tocadiscos y con el micrófono en mano anunciaba las películas del día o del fin de semana. Recuerdo ―dice don Rubén― que empezaba mi anuncio así: «por su blanca y pichonera pantalla, el Cine Variedades presenta…», entonces ponía la música de fondo y anunciaba la película.” Lo de «pichonera», comenta don Rubén, era porque siempre había en la parte superior de la pantalla muchos pichones, que por cierto ensuciaban la pantalla y la tenían que estar pintando con mucha frecuencia.

“Al citado vehículo le pegábamos a los lados los cartelones de las películas que se anunciaban. En aquellos años, en la Tropical o en la iglesia, siempre había gente y ahí me detenía para anunciar.”

“Entre los muchos artistas que presentamos en el Cine Variedades está Lorenzo de Monteclaro. En esa fecha estrenamos un aparato que trajo de los Estados Unidos don Mario. Me dijo ―comenta Rubén―: «cuando se presente el artista prendes el proyector sin película y le pones enfrente del lente este aparato». Era un disco que giraba y tenía muchos colores, así que la pantalla cambiaba de colores. Fue un rotundo éxito. De tal manera que al finalizar la presentación Lorenzo de Monteclaro, éste preguntó sobre los efectos y quién los había manejado. Don Mario mandó por mí, porque el cantante quería conocerme y de ahí que tengo una fotografía con él.”

“Cuando mi hermano se fue al Cine Aladino a trabajar ―comenta don Rubén―, entró un chavo nuevo en su lugar. Aprovechando que don Mario había salido a Las Vegas y que estábamos solos, en la primera noche metimos unas cervezas a la caseta de pasar películas. Era una de Pancho Villa en blanco y negro,  la otra se llamaba “El asesino se embarca”, a color. Empezamos con la de color ―dice don Rubén― y tomando cerveza. Los rollos vienen numerados y se apilan para no confundirse, así cada operador va colocando el rollo que le toca a uno los pares y a otro los nones. Mientras la pila inicial disminuye la otra, de tal manera se van colocado los rollos ya proyectados, aumentando paulatinamente. Así que doce rollos de una película y otros doce de la segunda y todos amontonados unos con otros y sucedió que cuando la gente estaba súper emocionada, cuando el asesino que ya había matado y está a punto de embarcarse, en donde se supone continuaba asesinando; con la luz del proyector sólo se miraba el humo de los cigarros que se elevaba, todo silencio, todo callado, con toda la emoción del momento contenida, ya para entonces llevábamos varias cervezas, éramos muy jóvenes para entender el alcance de nuestra acción, y mi compañero tira los rollos y ya había que poner el siguiente. No debía notarse el cambio. Le digo: «¿ya listo el cambio?», tiró los rollos. La gente estaba atenta, seria, callada y aquel agarra un rollo del suelo, lo pone y aparece ¡Pancho Villa! Toda la gente: «¡cácaro!, ¡cácaro!». Recordarnos a nuestra progenitora fue lo más suavecito que se escuchó. Nos llovieron tomatazos, huevazos y quién sabe qué más. Prendimos la luz para buscar cuál era el que continuaba, pero eso fue de todas maneras un gran desastre.”

Cuando se vendió el cine a la familia Bojórquez, don Rubén se fue a trabajar al Cine Aladino, de la misma familia Marín.


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