Cuando el pancracio también hizo
historia en el valle
Por José Antonio Márquez Castro
Hubo una época en que una función de lucha libre
podía transformar por completo la vida de una tarde en Ciudad Constitución.
Las gradas comenzaban a llenarse desde temprano.
Niños, jóvenes y adultos llegaban con la curiosidad de saber quién subiría al
cuadrilátero, quién llevaría máscara y quién terminaría siendo el héroe o el
villano de aquella jornada. El ruido de la gente, los gritos desde las gradas y
el anuncio de los luchadores convertían una sencilla función deportiva en todo
un acontecimiento.
Eran otros tiempos.
La lucha libre había dejado de ser solamente un
deporte. Se había convertido en un espectáculo popular que había conquistado
prácticamente todos los rincones de México. Desde los años cincuenta, los
grandes ídolos del pancracio llenaban arenas, teatros y auditorios. Sus nombres
eran conocidos por chicos y grandes: El Santo, Blue Demon, El Rayo de
Jalisco, Mil Máscaras y muchos otros.
La lucha libre reunía fuerza, condición física,
acrobacia, talento y misterio. Pero había algo más: las máscaras y los
coloridos trajes convertían a cada luchador en un personaje. El público no
solamente iba a ver un combate; iba a encontrarse con héroes, villanos,
identidades secretas y personajes que, por un momento, parecían pertenecer a
otro mundo.
Y aquel fenómeno que recorría México también llegó
a Comondú.
El nacimiento de una afición
En Ciudad Constitución, la historia de la lucha
libre comenzó a escribirse durante los años sesenta, cuando las funciones
empezaron a realizarse en el Mesón del Herradero, que en aquellos años
funcionaba como la llamada Arena Olímpica.
Era un lugar sencillo: una barda y gradas alrededor
del espacio donde se instalaba el ring. Pero cuando había lucha libre, poco
importaba la sencillez del lugar. La gente acudía y las gradas se llenaban.
En aquellos años, en La Paz, un capitán de la
Fuerza Aérea llamado Óscar Plascencia comenzó a entrenar a luchadores
locales. Poco después, entre finales de los años sesenta y principios de los
setenta, apareció en escena un personaje que sería fundamental para el
desarrollo de la lucha libre en Ciudad Constitución.
Desde Guadalajara llegó Aristeo Araiza,
conocido en el mundo del pancracio como “Sombra Negra”.
Araiza se dedicó a entrenar a jóvenes de Ciudad
Constitución y, con ello, comenzó a formarse una generación de luchadores
locales que durante varios años daría vida y personalidad propia a este deporte
en Comondú.
De aquellos entrenamientos surgirían nombres que
todavía permanecen en la memoria de quienes vivieron aquella época: El Güero
Califas, el Gran Gregory, Hueso Rubio, El Gitano, Martín Romero —quien luchaba
enmascarado como Clayman—, El Bombero, Rudy Méndez, de López Mateos, El Indio
Pípila, El Ángel del Silencio, Pilar, Águila Blanca, El Veneno, Williams, El
Wason 2000 y Rayito Blanco, entre otros.
Eran jóvenes que habían encontrado en la lucha
libre una forma de vida, pero también una manera de ofrecer entretenimiento a
su propia comunidad.
El ring también estaba en la
calle
La lucha libre no necesitaba grandes instalaciones
para convertirse en espectáculo.
Cuando la agencia de la Cervecería Pacífico se
encontraba sobre la calle Allende, cerca del bulevar Olachea, el lugar también
era utilizado para practicar boxeo y lucha libre. Por ahí pasaron algunos
luchadores de renombre, como Halcón Dorado, Alí Pacha y Copete Guajardo.
En aquellos espacios comenzaron a surgir los
primeros luchadores locales. El Gregory, conocido también por su negocio de
tacos, era uno de ellos. Otros entrenaban en las instalaciones de la Cervecería
Tecate, por el bulevar, donde había un ring y se practicaba también el boxeo.
La lista de luchadores locales fue creciendo: El
Ángel del Silencio, Rudy Méndez, El Gitano, Martín Romero, El Bombero y
otros más.
Eran alrededor de diez luchadores de Ciudad
Constitución que comenzaron a realizar funciones locales y a darle forma a una
afición que cada vez tenía más seguidores.
Cuando los ídolos nacionales
llegaron a Constitución
Para quienes crecieron viendo la lucha libre en el
cine, en las revistas o en la televisión, encontrarse frente a frente con
aquellos personajes debía parecer casi increíble.
Uno de esos momentos ocurrió cuando Blue Demon
llegó a Ciudad Constitución.
La función se realizó en el Auditorio del Centro.
Con él llegaron también El Huracán y Tinieblas, mientras que por el otro
bando aparecían Gran Marcos, Doctor Warner y TNT.
En otra de las luchas de aquella cartelera, El
Güero Califas se enfrentó a El Jaguar, un luchador procedente de Los
Mochis, Sinaloa.
Para entonces, Ciudad Constitución ya contaba con
una cantidad importante de luchadores. Incluso desde La Paz se recurría a los
elementos del valle cuando era necesario completar una cartelera.
Rudy Méndez, originario de López Mateos, formaba
parte de esa generación. En aquella localidad había otros tres o cuatro
luchadores. En Insurgentes, en cambio, prácticamente no había representantes
del pancracio.
Así, por momentos, Ciudad Constitución llegó a tener
más luchadores que la propia capital del estado.
Después, las funciones comenzaron a realizarse
también en el Auditorio de Pueblo Nuevo, otro de los escenarios que
guardaría en su memoria los gritos y aplausos de los aficionados.
Hueso Rubio y los caminos del
pancracio
Entre aquellos luchadores hubo quienes lograron
salir de las fronteras de Comondú y llevar su espectáculo a otras ciudades.
Uno de ellos fue Hueso Rubio.
Su trayectoria lo llevó a lugares como Ciudad
Obregón, Mazatlán, Tijuana, Ensenada, Mexicali y La Paz. Durante 22 años, desde
1965, se dedicó a una actividad que para muchos era una profesión, pero que
para miles de aficionados significaba diversión, emoción y entretenimiento.
Por esos caminos tuvo la oportunidad de conocer y
convivir con algunas de las figuras más importantes de la lucha libre mexicana:
El Santo, Mil Máscaras, Blue Demon, El Cavernario Galindo, Tinieblas, El
Perro Aguayo, El Solitario, Black Shadow, Huracán Ramírez y Aníbal, entre
muchos otros.
Para un luchador de provincia, compartir cartelera
con aquellos nombres representaba mucho más que una función. Era encontrarse
con los ídolos que durante años habían alimentado la imaginación de toda una
generación.
El Santo en Comondú
Y si hubo un personaje que logró convertirse en
leyenda dentro y fuera del cuadrilátero, ese fue El Santo, “El Enmascarado
de Plata”.
En una de sus últimas giras por Baja California
Sur, El Santo encabezó una serie de funciones en La Paz, Ciudad Constitución
y Santa Rosalía. Lo acompañaba Tinieblas, mientras que en la lucha estelar
se enfrentaban a Los Apaches Salvajes.
En aquella gira también participó Chito Montoya,
“El Güero Califas”, quien tuvo la oportunidad de convivir de cerca con El
Santo.
Para Chito, aquel encuentro tenía un significado
especial. El hombre al que durante años había visto en la televisión y en las
revistas ahora estaba frente a él.
Así lo recuerda:
—Era una cosa muy bonita. Fue después de que yo los
miraba en la tele, es más, en la revista. Me acuerdo de que salió una revista de
El Santo. Yo, ¿cuándo iba a imaginar que iba a andar con una persona como él?
Pero el recuerdo más especial vendría después.
Cuando terminaron de luchar en Ciudad Constitución,
El Santo le hizo un regalo que Chito conservaría como una de las anécdotas más
importantes de su trayectoria.
—Cuando luchamos aquí en Constitución, El Santo me
regaló unas mallas. Me acuerdo de que me las dio por la mañana, antes de irnos
a Rosalía. Me dijo: «Califas, te voy a regalar estas mallas».
Tinieblas, que estaba presente, le dijo:
—No cualquiera le cae bien; tú le caíste bien.
Y había un detalle todavía más significativo: El
Santo se había quitado la máscara delante de él.
Para Chito Montoya, aquello quedó para siempre como
el recuerdo más entrañable de sus años en la lucha libre:
—Es la anécdota más bonita que tuve en el tiempo
que practiqué la lucha libre.
Treinta años de historia
La época de mayor esplendor de la lucha libre en
Comondú se extendió aproximadamente durante treinta años, desde mediados de los
sesenta hasta mediados de los noventa.
Fueron tres décadas en las que el pancracio formó
parte de la vida cotidiana de muchas familias.
Pero, como sucede con todas las épocas, también
llegó el momento del declive.
Los grandes luchadores nacionales fueron
desapareciendo de las carteleras. Las giras se hicieron menos frecuentes. El
cine, que durante muchos años había convertido a los luchadores en héroes de la
pantalla, comenzó a buscar otros temas.
Y los luchadores locales también fueron
envejeciendo.
El problema era que muchos de ellos eran, al mismo
tiempo, luchadores y promotores. Cuando fueron quedando menos elementos
activos, organizar una función se volvió cada vez más difícil. Poco a poco,
aquella tradición que había llenado auditorios y arenas comenzó a apagarse.
La lucha libre desapareció prácticamente de la vida
cotidiana de Comondú.
De vez en cuando algún promotor consigue traer una
cartelera a la región, pero ahora son principalmente luchadores foráneos
quienes ocupan el ring.
Una historia que permanece
Para quienes vivimos aquellos años, la lucha libre
no fue simplemente un deporte.
Fue parte de nuestra infancia y de nuestra
juventud.
Era ir al cine los domingos para ver a El Santo
enfrentándose a otros luchadores, extraterrestres, delincuentes y hasta villanos
de películas de vaqueros. Era descubrir en las revistas las fotografías y las
historias de aquellos personajes que parecían invencibles.
Y después, tener la oportunidad de verlos en
persona era algo extraordinario.
Ver a El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras y
tantos otros enfrentarse cara a cara con luchadores nacionales y locales era
todo un acontecimiento.
La lucha libre era emoción, pero también era
convivencia. Era una diversión familiar que reunía a padres, hijos, hermanos y
amigos alrededor de un ring.
Por eso, hablar hoy de la lucha libre en Comondú es
hablar también de una parte de nuestra memoria.
Detrás de cada máscara hubo un hombre. Detrás de
cada función hubo jóvenes que entrenaron, promotores que arriesgaron, familias
que asistieron y aficionados que hicieron suyo aquel espectáculo.
Quizá algún día alguien vuelva a colocar un ring en
Ciudad Constitución y las gradas vuelvan a llenarse.
Quizá las nuevas generaciones puedan escuchar
nuevamente el ruido de las campanas, los gritos del público y el anuncio de los
luchadores.
Porque la lucha libre, aunque haya desaparecido de
los escenarios habituales de Comondú, no desapareció de la memoria de quienes
la vivieron.
Y mientras alguien recuerde aquellos nombres,
aquellas funciones y aquellas tardes de emoción, la historia de la lucha
libre en Comondú seguirá viva.





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